CÓRDOBA MEDIEVAL
I. Período Emiral
Córdoba (Madīnat Qurṭuba) fue conquistada en octubre del año 711 a manos de Mugīt al-Rūmī, uno de los oficiales del general Ṭāriq. Poco tiempo después, en 716, fue elegida capital de al-Andalus, un papel que desempeñó hasta el estallido de la fitna o guerra civil a comienzos del siglo XI, si bien la ocupación islamica de la ciudad se perpetuó hasta 1236.
La imagen urbana que encontraron los musulmanes al llegar a Córdoba distaba ya mucho de la que un día había tenido la antigua capital de la provincia Baetica. Si durante la Tardoantigüedad Corduba se había visto inmersa en un gradual proceso de reformas y cambios, ahora la ciudad volvía a encontrarse una vez más con una situación política y social distinta que demandaba sus propios equipamientos e instalaciones.
Los primeros contingentes islámicos llegados a comienzos del siglo VIII estarían conformados por grupos reducidos, pero suficientemente sólidos y contundentes, como para controlar a una mayoría aún cristiana.
Relieve de Córdoba y variación del paleocauce
del Guadalquivir (Convenio GMU-UCO)
En su fase inicial, la nueva medina no presentaría grandes diferencias morfológicas respecto a la ciudad tardoantigua. El perímetro amurallado romano se mantuvo durante todo el periodo omeya, aunque se acometieron varias reparaciones entre los años 719 y 721, en época del gobernador al-Samḥ, el cual también intervino en el puente. La medina se distribuyó en torno a calles principales que conectaban internamente las puertas de acceso, herederas a su vez de sus predecesoras romanas. A partir de estos ejes, se dispondrían otras calles secundarias que irían delimitando las manzanas y que, con el tiempo, darían lugar a la configuración de adarves.
La ocupación intramuros no se produjo de manera uniforme. Por una parte, el desplazamiento de la población mozárabe a barrios periféricos debió de favorecer el posible asentamiento en la zona norte de grupos gentilicios que podemos rastrear a través de la toponimia urbana. Pero, el principal foco de atracción de la ciudad se dispuso en el área meridional, junto al río, donde, al igual que en la etapa anterior, se situó el centro de poder político y religioso. En todo ello tuvo mucho que ver la llegada al poder de ‘Abd al-Raḥmān I en el año 756, quien dio comienzo a un programa edilicio que marcó de forma decisiva la imagen urbana de Qurṭuba. En torno al año 785 inició la reforma del viejo alcázar para dar cabida a la nueva administración del Estado.
Planta de la primera Mezquita aljama realizada por F. Hernández (FERNÁNDEZ PUERTAS, 2008).
También se fundaron la Ceca, la Alcaicería y la Casa de Correos. En el año 786 comenzaron las obras de la Mezquita aljama sobre parte de lo que algunos investigadores interpretan como el antiguo complejo episcopal de San Vicente. Estos primeros trabajos en la medina fueron completados por su hijo y sucesor, el emir Ḥišām I.
Las transformaciones en el recinto amurallado se siguieron sucediendo en el siglo IX. ‘Abd al-Raḥmān II emprendió la reparación del malecón (al-Rasif) en el año 827 para prevenir las crecidas del río, así como la primera ampliación de la Mezquita aljama hacia el sur y la creación de la Dār-el Tirāz, la casa real de manufacturas y tejidos. Sus sucesores –Muḥammad I, al-Mundir y ‘Abd Allāh– sobrevivieron a la crisis del último tercio del siglo IX, consecuencia de la sublevación de grupos bereberes, árabes e indígenas frente a la islamización y reforzamiento del Estado omeya, pero no llegaron a emprender grandes intervenciones en la ciudad.
La islamización de las áreas suburbanas durante el Emirato no se hizo esperar. Los primeros focos que actuaron como catalizadores de los barrios extramuros fueron grandes almunias, antiguos vici o incluso centros de culto cristiano. Ya a partir del primer cuarto del siglo IX, debemos sumar la aparición de baños, mezquitas y cementerios que hicieron lo propio, fundados como acciones piadosas de altos funcionarios y aristócratas vinculados a la familia del emir.
Uno de los primeros arrabales fue el de Šaqunda, constituido en la margen izquierda del río a mediados del siglo VIII. Previamente, el gobernador al-Samḥ había acondicionado estos terrenos para dar cabida a un cementerio y una musalla. Con todo, la vida de este barrio fue bastante breve; en el año 818 un motín provocó su destrucción por parte de las tropas del emir al-Ḥakam I, así como la deportación de los supervivientes y la prohibición de volver a construir en dicho lugar. Sucesivas campañas de excavación han permitido contemplar el urbanismo de esta primera etapa islámica de la ciudad.
Muros de cantos rodados pertenecientes al arrabal de Šaqunda (Convenio GMU-UCO).
Al este de la medina se expandieron los barrios de Furn Burrīl, al-Burŷ o Šabulār. Este último fue uno de los más destacados en el siglo IX, flanqueado por necrópolis romanas, tardoantiguas y mozárabes. En el extrarradio más septentrional se erigieron algunas almunias. En la zona del Patriarca se han identificado varias estructuras con la residencia favorita de ‘Abd al-Raḥmān I, al-Ruṣāfa, mandada construir por el propio emir en el tercer cuarto del siglo VIII sobre la base de una gran propiedad comprada a un jefe bereber del ejército de Ṭāriq, cuyo origen se remontaba a un fundus romano del siglo I d.C.
Cimentación de la posible tapia de cierre oriental de la almunia al-Ruṣāfa (Convenio GMU-UCO).
Esta almunia estaba perfectamente comunicada con las puertas de acceso a la medina -como la Bāb al-Yaḥūd– por medio de caminos de origen romano, en torno a los cuales surgió el denominado por las fuentes como rabad al-Ruṣāfa, constatado arqueológicamente en diferentes puntos de la ciudad actual. Por su parte, en el suburbio occidental, conocido como al-Ŷānib al-Garbī, se han documentado también grandes áreas cementeriales y residenciales pertenecientes a una primera ocupación emiral. Frente a la Bāb ‘Amir, una de las puertas de la muralla oeste, se dispuso desde el siglo VIII un cementerio o maqbara. En los aledaños se fueron asentando igualmente espacios domésticos. En cuanto a los barrios mozárabes, destaca el que existió en Cercadilla, agrupado alrededor de un centro de culto cristiano.
En la zona de Colina de los Quemados se desarrolló otro núcleo suburbano. La evolución de este sector estuvo muy marcada por las frecuentes crecidas del río Guadalquivir. Así, los trabajos de excavación han distinguido hasta tres fases de ocupación de época emiral. La mayoría de estas estructuras se identificaron con un espacio industrial inserto en un contexto más amplio que bien pudo haber sido una almunia o residencia de recreo auspiciada por algún personaje destacado de la corte omeya. El conocimiento de estos arrabales emirales resulta fundamental para comprender las tramas urbanas desarrolladas a lo largo del Califato omeya, y es que pese a que estas primeras ocupaciones se localizaron en áreas determinadas, muchas de ellas se convirtieron en auténticos centros aglutinadores en época califal.
Estructuras de calcarenita halladas en el Zoológico Municipal relacionadas con una posible almunia (Convenio GMU-UCO).
II. Período Califal
La etapa de mayor esplendor de la Córdoba islámica fue el Califato omeya (929-1031). La medina de estos momentos albergaba las sedes del poder político, civil y religioso del Estado, al tiempo que conformaba un nudo de intercambios y comunicaciones de primer orden y reflejaba una prosperidad que atrajo a muchos nuevos habitantes. Como consecuencia de todo ello, la ciudad sufrió una gran mutación, generándose a su alrededor un paisaje suburbano sin parangón en todo el Mediterráneo occidental.
El Califato cordobés dio comienzo en el año 929, cuando ‘Abd al-Raḥmān III se autoproclamó califa de al-Andalus y rompió por completo con los lazos que aún le unían a Oriente. Durante su mandato, la actividad edilicia dentro de la medina no cesó. Se efectuaron mejoras en la muralla meridional con una clara función propagandística. De igual modo, se llevaron a cabo obras de diversa índole en el Alcázar. Algunas de ellas se desarrollaron en el conocido como “Patio de Mujeres”, y otras, en el cierre norte del conjunto, a la altura del solar “Garaje Alcázar”, incluyendo unos baños cercanos para el uso del califa, preservados hoy en el Campo Santo de los Mártires.
Recreación ideal del Alcázar califal y la Mezquita aljama realizada por A. Redondo Paz (FERNÁNDEZ-PALACIOS, 2013).
A lo largo del gobierno de ‘Abd al-Raḥmān III se reforzó también la fachada septentrional de la Mezquita aljama y se amplió su patio, lo cual obligó a levantar un nuevo alminar en sustitución del anterior. Años más tarde, el oratorio sufrió su segunda ampliación por orden de su sucesor, el califa al-Ḥakam II. El miḥrāb y la maqsura que pueden contemplarse en la actualidad son de este momento. En línea con esta remodelación, erigió un nuevo sābāṭ o pasadizo elevado; el antiguo corredor levantado por el emir ‘Abd Allāh en el siglo IX habría sido ya derribado. Otra de las acciones emprendidas por al-Ḥakam II fue la creación, al este y oeste de la
Detalles de la maqsura y del acceso al mirhab de la Mezquita aljama (AST).
aljama, de cuatro pabellones de abluciones en 967. Ese mismo año se inauguró una conducción de agua (llamada más tarde «Aguas de la Fábrica de la Catedral») destinada al abastecimiento del entorno de la Mezquita, cuyo origen se hallaba en un acueducto romano localizado bajo la estación de autobuses de la capital cordobesa. Por último, en el año 971, al-Ḥakam II reformó además el antiguo puente romano. Se emprendieron reparaciones en su cimentación y en varios de sus pilares. A finales de la centuria, se fortificó su extremo sur con una puerta defensiva. Esta derivó tiempo después en la conocida como Torre de la Calahorra, en la que aún es visible el primitivo arco de herradura que enmarcaba el vano de acceso califal.
Al margen de las actuaciones acometidas intramuros, la gran transformación urbana de Madīnat Qurṭuba tuvo lugar en sus áreas periféricas, en particular en su extremo occidental, conocido por las fuentes escritas como al-Ŷānib al-Garbī. Los nuevos parámetros económicos y sociopolíticos del Califato omeya, junto al considerable aumento de población registrado como consecuencia de su atractivo como capital de al-Andalus, fueron configurando un espacio extramuros densamente ocupado. Los restos materiales indican que la mayoría de estos barrios fueron fruto de planes urbanísticos previos.
Puede que el propio Estado estuviera implicado en ellos inicialmente, pero es difícil determinar quiénes fueron sus auténticos constructores y el papel que pudieron jugar otra serie de agentes promotores.
La Córdoba califal sobre planimetría actual de la ciudad con los nombres de las principales zonas excavadas en Poniente (a partir de plano base del Convenio GMU-UCO).
La fundación de Madīnat al-Zahrā’ entre los años 936 y 940, sede de la administración del Estado y residencia oficial del califa, fue la impulsora definitiva de esta gran expansión suburbana. Al igual que venía siendo tradición en el Oriente islámico, una de las prerrogativas del nuevo califa era la fundación de una nueva ciudad. En este caso, ‘Abd al-Raḥmān III escogió un emplazamiento estratégico al pie de Sierra Morena, al oeste de la medina cordobesa, de la que tan sólo la separaban 8 km. Entre la ciudad palatina y Qurṭuba fueron creciendo estos arrabales, en cuyo despliegue tuvieron mucho que ver los caminos preexistentes y los creados ex professo para comunicar ambos conjuntos urbanos.
Vista de las partes excavadas del Alcázar de Madīnat al-Zahrā’ (VALLEJO, 2010).
Junto a los ámbitos domésticos, estos barrios se fueron dotando de equipamientos comunitarios e instalaciones estatales. No obstante, los emires cordobeses -así como sus familiares y otros altos cargos- habían intervenido ya en la edificación de estas zonas desde la segunda mitad del siglo VIII a través de fundaciones pías, las cuales actuarían ahora como focos de urbanización de los nuevos núcleos poblacionales. De hecho, algunas almunias emirales quedaron encerradas en dichos barrios a raíz del crecimiento urbano. Otras fueron readaptadas, como ocurrió con al-Nā’ūrah, que debió de experimentar un proceso de renovación al convertirse en época califal en un centro de acogida y pernoctación para las embajadas que llegaban a Madīnat al-Zahrā’. Más al norte, surgirían grandes propiedades como las de Arḥā’ Nāṣiḥ o al-Rummāniyya, o el asentamiento de Turruñuelos, aún por excavar, pero identificado por algunos como un lugar para el acantonamiento de las tropas.
En el área más septentrional del Ŷānib al-Garbī, en las inmediaciones del actual Cortijo del Cura y de la Carretera de Trassierra, ha sido documentado parte del arrabal de al-Ruṣāfa, conformado por viviendas, zonas de producción alfarera y un cementerio. Las labores arqueológicas llevadas a cabo en la Huerta de Santa Isabel, al suroeste del anterior, han sacado a la luz tramas urbanas regulares pertenecientes al mismo momento. En la zona arqueológica de Cercadilla se registró, por su parte, otro de los barrios más completos, el cual, además de casas y espacios industriales, contó con al menos con una pequeña mezquita.
Sector de arrabal excavado en las inmediaciones de la Carretera de Trassierra (Convenio GMU-UCO).
En el sector central del Ŷānib al-Garbī, correspondiente con el entorno del Centro Comercial Zoco, es donde se han recuperado las mayores extensiones de arrabales, perfectamente urbanizadas y con instalaciones de todo tipo. Hacia el sur, entre el Fontanar de Cábanos y la Avenida de Menéndez Pidal, se han descubierto otros contextos suburbanos compuestos por áreas residenciales, baños, mezquitas, cementerios y almunias. Bajo el Parque Zoológico de Córdoba, en la Colina de los Quemados, han aparecido también estructuras del periodo califal.
Manzana de viviendas documentada bajo el actual Centro Deportivo Poniente (Convenio GMU-UCO).
En el extremo opuesto, es decir, al este de la medina cordobesa, se fueron abriendo camino otra serie de arrabales durante el Califato omeya, aunque la información arqueológica disponible es bastante limitada y apenas conocemos detalles de su urbanismo. Las pequeñas intervenciones realizadas en la zona -conocida como al-y̌iha al-Šarquiyya– han detectado ámbitos domésticos que no debieron de ser muy diferentes a los hallados en los barrios occidentales. Lo que sí parece lógico pensar es que el despliegue urbanístico de estos terrenos orientales estuvo relacionado con la fundación en este sector de la ciudad de Madīnat al-Zāhira, cuya
Calle principal y viviendas localizadas en la Ronda Oeste de Córdoba (Foto: C. Camacho Cruz).
construcción fue encargada por Almanzor a finales del siglo X. Así lo pone de manifiesto ibn Hazm cuando menciona sus nuevas casas en el arrabal de al-Zāhira. La investigación arqueológica, sin embargo, no ha conseguido encontrar ningún vestigio de esta medina, y sólo la conocemos a través de la documentación escrita.
Finalmente, la ruptura de los artificiosos fundamentos simbólicos y propagandísticos sobre los que estaba sustentado el Estado califal se produjo en torno al año 1009, cuando comenzó un periodo de inestabilidad que se prolongó hasta el año 1031. El estallido de la fitna (guerra civil) tuvo como consecuencia el saqueo de Madīnat al-Zahrā’ y de Madīnat al-Zāhira. Los contingentes militares que atacaron la medina cordobesa, en especial las tropas beréberes que la asediaron en el año 1010, arrasaron además los suburbios occidentales, provocando un repliegue de los habitantes al interior del recinto amurallado.
Situación de Madīnat Qurṭuba, Madīnat al-Zahrā’ y Madīnat al-Zāhira (a partir de plano base del Convenio GMU-UCO).
Tan sólo los suburbios orientales pudieron haberse mantenido ocupados -aunque con una población muy menguada- gracias a la fortificación de su perímetro con una muralla muy rudimentaria.
Terminado el conflicto civil, Madīnat Qurṭuba se vio envuelta en una serie de continuas transformaciones de carácter político y social. La historia de la medina durante los Reinos de Taifas -en concreto durante la breve república de los Banū Ŷahwar (1031-1070)- contrastó rápidamente con el esplendor conocido hasta entonces.
III. Fitna / Taifa
La inconsistencia del poder califal durante los años de la fitna y la imposibilidad de sustentar la figura estable de un gobernante que heredase la legitimidad omeya, condujeron a diseñar un gobierno de notables que mantuviese la estabilidad y administrase la ciudad y su territorio.
Fue la conocida como “República de los Banu Yahwar” (1031-1069), durante la cual produjo un período de estabilidad y un incipiente resurgir urbano. No obstante, el territorio controlado por esta taifa se vio muy menguado por las aspiraciones expansionistas de otros reinos vecinos. De hecho, en pocas décadas la propia capital se vio absorbida inicialmente por la taifa abbadí sevillana de al-Mu’tamid (1070), con un breve paréntesis bajo el dominio de la taifa toledana de los Banu Di-l-Nun (1075-1078), para revertir posteriormente y de manera definitiva bajo el control abbadí (1078-1091). Resulta lógico pensar que los esfuerzos urbanísticos se concentraron para estas fechas en la reparación y acondicionamiento de las murallas, dado el clima de inestabilidad militar del momento.
Distintas fases de la muralla de la Axerquía en la puerta de Baeza, y trazado final del ángulo sur sobre el Plano de los Franceses de 1811 (BERMÚDEZ 2005).
Las evidencias arqueológicas más interesantes se han constatado en la Puerta Baeza, junto a los jardines de la calle Campo Madre de Dios. Distintas excavaciones han demostrado la existencia de un segundo recinto amurallado contiguo a la Medina que protegería parte de los arrabales orientales (Al-Rabad Al-Sharqiya) en el siglo XI, reforzado, y
Recinto amurallado cristiano en la Puerta de Baeza (Córdoba), detalle del grabado de P.M. Baldi (1668)
seguramente ampliado, en siglos venideros hasta definir los contornos del actual barrio de la Axerquía.
Más allá del aparente silencio del registro arqueológico, especialmente fuera de los recintos amurallados, diversas fuentes escritas revelan que, pese a la inestabilidad propia de este período, la vida urbana de Córdoba siguió manteniéndose muy activa durante todo el siglo XI, prolongando en gran medida muchas de las instituciones asentadas en época omeya.
IV. Período Tardoislámico
La conquista de Toledo en 1085 a manos del monarca castellano Alfonso VI desencadenó una cascada de consecuencias trascendentales en el devenir político y militar de al-Andalus, y de Córdoba. La más inmediata fue el advenimiento de los ejércitos almorávides y la posterior conquista de los territorios andalusíes por parte de este imperio norteafricano de fundamentación religiosa. Desde ese momento Al-Andalus se militariza ante la amenaza de conquista cristiana y por las estacionales campañas de saqueo en territorio islámico.
En Córdoba este proceso se tradujo en la ocupación militar de la ciudad en 1091. Aunque alentado inicialmente por los ulemas o sabios malikíes, el gobierno almorávide nunca fue bien acogido por la población andalusí. Su presencia estaba justificada por la supresión de los impuestos ilegales y su avance contra el frente cristiano, pero cuando fueron perdiendo estos dos pilares se produjeron importantes conflictos con la sociedad.
Un episodio que ilustra bien esta problemática tuvo lugar en 1121, cuando la población cordobesa se sublevó contra el gobernador almorávide, y el propio emir Ali ibn Yusuf tuvo que acudir a Córdoba para revertir la situación.
Muralla de la Axerquía en su sector noreste, según George Vivian (1888).
Durante este período la capital sigue teniendo un papel importante en al-Andalus, pero no hemos podido apreciar grandes cambios desde la arqueología, en gran medida debido a la problemática identificación del registro arqueológico general de esta etapa, una de las asignaturas pendientes en la arqueología andalusí. No obstante, en el ámbito oficial sí se pueden distinguir importantes actuaciones, como se observa en la construcción o reforma de los baños del Alcázar o enla ampliación de la muralla de la Axerquía. Las fuentes mencionan la imposición de un tributo o ta’tib por parte del emir Ali ibn Yusuf para la reconstrucción de las murallas de las principales ciudades de al-Andalus, entre las que se menciona a Córdoba. Una actuación arqueológica en el lienzo de la Ronda del Marrubial permitió descubrir la cimentación de esta estructura, fechada por los excavadores durante la primera mitad del siglo XII, y con una orientación ligeramente divergente respecto al trazado del posterior recinto cristiano en tapial del siglo XIV.
Los últimos años de la ocupación almorávide se vieron alterados por las conocidas como “segundas taifas”, durante las cuales la población cordobesa se movió entre varios bandos opuestos hasta llegar a caer temporalmente en manos del rey castellano Alfonso VII en 1146, quien la mantiene bajo vasallaje hasta la conquista almohade en 1148.
Tras años de inestabilidad bajo el control del “Rey Lobo” murciano, Ibn Mardanish, el imperio almohade consigue hacerse definitivamente con la ciudad en 1162; fecha en la que su primer califa, ‘Abd al-Mu’min, convierte de nuevo a Qurtuba en capital de al-Andalus.
Excavaciones en el Patio de Mujeres del Alcázar (LEÓN, BLANCO 2012).
Dentro de la propaganda almohade, la elección de Córdoba como sede andalusí era fundamental en la legitimación de este nuevo califato. Sin embargo, esa nueva capitalidad apenas duró unos meses, ya que tras su muerte, su hijo y sucesor, Yusuf I, regresó la corte a Sevilla. Sin embargo, este cambio no frenó el resurgir de la ciudad, sede de la tradición malikí andalusí y punta de lanza frente a los reinos cristianos.
La situación histórica y geográfica de Córdoba la dotan de un papel significativo.Prueba de ello es la edificación ex novo de varias fortalezas en puntos clave de la ciudad, especialmente en las inmediaciones del alcázar: se rodea la cabecera del puente con un recinto en tapial y se crea toda una alcazaba al oeste del Alcázar, a la que pertenecería el conocido por las fuentes cristianas como Castillo Viejo de la Judería. El mismo Alcázar experimenta notables reformas interiores, como las que se pueden detectar a partir de las decoraciones de yeserías y ataurique recuperadas durante las excavaciones en los Baños del Campo Santo de los Mártires o en el llamado Patio de Mujeres del Alcázar Cristiano, y que muestran una potente remodelación del desarrollo interno de este edificio durante el gobierno almohade. También erigen un palacio extramuros, el Qasr Abi Yahyà. Las fuentes comentan que estaba situado sobre el río Guadalquivir y sostenido por una estructura de arcos; aunque existen algunas hipótesis sobre su ubicación exacta, hasta la fecha no existe una constatación arqueológica clara.
Probablemente la seguridad que imprime el gobierno unitario, así como el peso estratégico e ideológico que va adquiriendo la ciudad,propicia una recuperación de la actividad económica y un aumento de la población en la segunda mitad del siglo XII. Este hecho se traduce en una densificación de la ciudad intramuros; especialmente en la Axerquía, como muestra el barrio residencial excavado en la Huerta del Palacio de Orive, con importantes casas decoradas con ricas pinturas parietales. Pero también extramuros, apareciendo diversos barrios sobre las antiguas ruinas omeyas, como el nacido junto al sector de producción alfarera de la Avenida de Ollerías, la zona residencial/productiva descubierta en torno al actual Rectorado de la Universidad de Córdoba, el espacio de producción de aceite en la zona arqueológica de Cercadilla, o el barrio de viviendas lujosas ubicado al Norte de la actual Avenida de Ronda de los Tejares, próxima al muro septentrional de la Medina. Este último podría corresponder con el barrio de la Mezquita de Kawtar que recogen las fuentes árabes para el siglo XII. El resto de la ciudad mantendría aún en uso los principales edificios religiosos y civiles levantados desde época omeya intramuros, así como parte de los espacios funerarios heredados.
Plano general de la Córdoba tardoislámica (LEÓN, BLANCO 2012).
Tal expansión urbana parece ser efímera, ya que entre 1180 y 1190 estos sectores periurbanos son abandonados según la cerámica recuperada. Además, se constata en la mayoría de los casos un abandono rápido y violento de los mismos, como evidencian los estratos de cenizas, los fragmentos de armas encontrados en ámbitos domésticos o, por ejemplo, las sepulturas descubiertas en el barrio alfarero de Ollerías: se documentaron niños, mujeres y ancianos con evidencias de muerte violenta, dispuestos y orientados correctamente, pero ubicados inusualmente en uno de los almacenes del alfar. Muy seguramente son indicios de la fuerte presencia de tropas cristianas en la
Enterramientos que amortizan un antiguo almacén del barrio alfarero de Ollerías (LÓPEZ 2006 en BLANCO 2014).
periferia cordobesa, constatada en las fuentes desde 1182. En estas mismas fechas se levantaría un recinto amurallado en lo alto de la Colina de los Quemados, según los restos documentados en el actual Parque Zoológico, con lienzos de tapial y torres cuadrangulares que pudieron delimitar un recinto destinado a las amplias tropas almohades, y que permitiría también vigilar el espacio extramuros y, muy especialmente, el entorno suroccidental de la ciudad y su Alcázar.
Las descripciones que nos han transmitido las fuentes cristianas en el momento de la conquista, acaecida en 1236, retratan ya una ciudad islámica en decadencia,especialmente después de la derrota del Imperio Almohade en 1212, ya pasado su momento de auge, y rota de nuevo la unidad política del territorio andalusí
V. Período Bajomedieval Cristiano
Córdoba es conquistada por las tropas del rey cristiano Fernando III en junio de 1236. En esos momentos la ciudad estaría dividida en dos sectores bien diferenciados: la Medina –que a partir de este momento será conocida como “La Villa”- y la Axerquía o Ajerquía. Ambas rodeadas por sendos cercos amurallados y conectadas entre sí a través de diferentes puertas y portillos.
Tras la conquista castellana, la Mezquita principales reutilizada y consagrada al cristianismo, como otros antiguos centros de culto islámico de la ciudad. El solar ocupado por el antiguo Alcázar andalusí se reparte entre el rey Fernando III, el obispo, algunos nobles y la Orden de Calatrava. Tradicionalmente se ha considerado que el Alcázar cristiano actual es una obra homogénea, fruto de la iniciativa de Alfonso XI en 1328.
Sin embargo, la arqueología ha demostrado que buena parte de su trazado se hereda de época almohade, y que su modificación posterior no responde a un único impulso constructivo, sino que es consecuencia de la aportación constante de reformas y ampliaciones.
Puerta del Perdón de la Catedral de Córdoba, antigua Mezquita Aljama. Grabado de J. Parcerisa (1855).
Buena parte del urbanismo de la ciudad almohade se mantiene en la ciudad cristiana. Las murallas conservan en esencia el mismo trazado, sobre todo la Villa. A las calles principales se preservan, y siguen cruzando la ciudad de Este a Oeste y de Norte a Sur, conectando las puertas más importantes; sin embargo, muchas de las secundarias perderán parte de su intrincada morfología previa, al irse ensanchando o al desparecer por asimilación de propiedades, originando además con frecuencia pequeñas plazas en la confluencia de varias de estas callejuelas (altozanos).
El urbanismo puramente cristiano se desarrollará en las zonas de la ciudad que hasta estos momentos habían permanecido prácticamente desiertas, como sucede en la franja de terreno situada en la Axerquía que discurre paralela al lienzo oriental de la muralla de la Villa, en la
Reconstrucción tridimensional de la iglesia “fernandina” de San Lorenzo con la superposición del alminar de la mezquita previa, conservado actualmente en su interior (AST).
zona del Alcázar Viejo (hoy Barrio de San Basilio), o en otras partes del interior de la ciudad que hasta ese momento habían permanecido dedicadas a huertas o corral, como el sector Norte de la Axerquía, por el que discurría un arroyo intramuros (Guadalcolodro) que complicaba su habitabilidad.
Córdoba desde el sur del Guadalquivir, detalle del grabado de Anton van der Wyngaerde (1567)
La ciudad se organiza inicialmente en catorce collaciones, siete en la Villa y siete en la Axerquía, cada una de ellas presidida por una parroquia que le da nombre: Santa Marina, San Lorenzo, Santiago, Sta. María, etc. Una unidad inferior dentro de ellas son los barrios, en los que en ocasiones la gente se agrupa en función del oficio que ejerce, al existir establecimientos destinados a un fin concreto o bien por las características étnicas y/o religiosas de sus pobladores (Judería, Morería, etc.). La toponimia actual de Córdoba aún conserva muchas de estas referencias (calles de Herradores, Cedaceros, Caldereros, Especieros, Armas, etc.).
El “primer plano” de Córdoba con las distintas parroquias bajomedievales (a partir de García, Gámiz 2010).
Los oficios que necesitaban un mayor uso del agua se concentraban más próximos al río, detectándose en la zona de la ribera calles con los nombres de Badanas, Tundidores, Noques…
La ciudad se organiza inicialmente en catorce collaciones, siete en la Villa y siete en la Axerquía, cada una de ellas presidida por una parroquia que le da nombre: Santa Marina, San Lorenzo, Santiago, Sta. María, etc. Una unidad inferior dentro de ellas son los barrios, en los que en ocasiones la gente se agrupa en función del oficio que ejerce, al existir establecimientos destinados a un fin concreto o bien por las características étnicas y/o religiosas de sus pobladores (Judería, Morería, etc.). La toponimia actual de Córdoba aún conserva muchas de estas referencias (calles de Herradores, Cedaceros, Caldereros, Especieros, Armas, etc.).
El “primer plano” de Córdoba con las distintas parroquias bajomedievales (a partir de García, Gámiz 2010).
Cementerio, situada junto a la Iglesia de la Magdalena, o el Paseo de los Amortajados, junto a la actual Iglesia del Juramento San Rafael.
Las murallas se reparan y reconstruyen durante los siglos bajomedievales, especialmente en la Axerquía, como muestra la propia torre de la Malmuerta, levantada a principios del siglo XV. No obstante, se mantienen a grandes rasgos el trazado y dimensiones de la muralla islámica previa