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FUNDACIONES MONÁSTICAS
Tras la conquista de Córdoba por Fernando III en 1236, la ciudad se articula según hemos visto en catorce parroquias con sus collaciones o distritos correspondientes. Estos sectores de la ciudad contenían a su vez, además de un variado caserío, conventos y centros asistenciales (hospitales, asilos...).
Como agradecimiento a los monjes que le habían acompañado durante sus campañas, y tras el repartimiento de la ciudad, el rey concede a las diferentes órdenes, casi todas de frailes mendicantes, propiedades para fundar sus conventos. Entre estos cenobios auspiciados por la realeza se encuentran los de San Pablo, San Pedro (actualmente Iglesia de San Francisco y San Eulogio), San Agustín, la Santísima Trinidad y Santa María de la Merced (Diputación Provincial). Posteriormente, otros monarcas como Alfonso XI y Sancho IV seguirán la senda marcada por Fernando III patrocinando otras fundaciones como los conventos de San Clemente y San Lázaro (AGUILERA CASTRO, 2000, 109-110). Entre todos ellos, los más importantes fueron sin lugar a dudas los de San Pedro, casa fundacional de los franciscanos en Córdoba, y San Pablo, regentado por los dominicos, que se instalaron en despoblados situados en la franja de terreno que corría paralela al muro oriental de la cerca de la Villa.
La nobleza cordobesa no fue ajena a este tipo de patronazgo, y, de hecho, fueron numerosas las fundaciones promovidas por personas adineradas, que cedieron algunas de sus propiedades, casas y terrenos, para que se edificaran conventos o beaterios. (JORDANO BARBUDO, 1996, 208). Entre estas fundaciones particulares podemos destacar algunas que se instalan tanto dentro como fuera de la ciudad. En la Sierra de Córdoba o en sus estribaciones se construyen San Francisco del Monte, San Francisco de la Arruzafa o Madre de Dios. En el interior de la ciudad, Santa María de las Dueñas, Santa Cruz, Santa Isabel de los Ángeles, Santa María de Gracia y Regina Coeli, entre otros. Muchos de estos primitivos conventos se irán ampliando con donaciones posteriores y por las aportaciones que en concepto de “dote” se entregan al ingresar en ellos.
Otras fundaciones conventuales son promovidas por la propia Iglesia; tal es el caso de Santa María de la Victoria, el dedicado a los Santos Mártires cordobeses, Santa Marta, Santa Clara, La Encarnación y Santa Inés, todos ellos en la ciudad, o los de San Jerónimo de Valparaíso y Santo Domingo de Scala Coeli en la sierra.
En una sociedad fuertemente sacralizada como la de los siglos XVI y XVII, estos centros de oración desempeñarán un papel muy influyente, por la capacidad de estudio y formación de algunos de sus miembros, y por la incorporación cotidiana a ellos de miembros de la nobleza, que desde sus respectivas celdas ejercieron una fuerte influencia en el devenir de la ciudad.
Con la Desamortización de Mendizábal muchos de estos conventos se abandonan y otros desaparecen al venderse gran parte de las propiedades que poseían (AGUILERA CASTRO, 2000, 107). En ocasiones, abandonados durante un tiempo, los conventos vuelven a ser ocupados mediante una refundación a cargo de otra orden. Este es el caso de San Pablo el Real, en la actualidad regentado por los claretianos, o el de San Agustín, hoy ocupado por dominicos.
Del antiguo convento de San Pablo el Real se conserva la iglesia y parte de su claustro, conservado junto a la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía, con entrada por C/ Capitulares. Otro tanto ocurre con San Pedro, hoy San Francisco, en el que además de la iglesia se conservan dos lados del claustro y la portada de su compás. En otros casos el acceso al interior de los mismos es restringido, debido a que algunas de las comunidades tienen voto de clausura, abriéndose al público tan sólo en fechas señaladas. La iglesia de San Agustín también se conserva, aunque su mal estado impide el culto.
La mayor parte de los conventos contaban además de los edificios destinados al culto, con otros donde se desarrollaba la vida cotidiana de los monjes/as: habitualmente, uno o varios patios, refectorio o comedor, salas de oración, celdas y, dependiendo del espacio disponible, un huerto para el sostenimiento de la comunidad, además de cementerio. El acceso al agua solía estar reglado cuando procedía de donaciones, aunque en otros casos el abastecimiento se llevaba a cabo mediante pozos. Algunos tenían frente a su portada un espacio abierto denominado compás. La portada de unos de éstos se conserva como ya hemos adelantado más arriba en la calle de la Feria y formaba parte del convento de San Pedro el Real.
En una primera etapa algunos de estos conventos se instalan en edificios de culto anteriores; es el caso de Santa Clara, que ocupa el solar de una antigua mezquita, siendo su torre parte de un alminar islámico (JORDANO BARBUDO, 1996, 10).
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BIBLIOGRAFÍA.
AGUILERA CASTRO, Mª C. (2000): “Monasterios y conventos de la Córdoba bajomedieval. Análisis fundacional”. Arte, Arqueología e Historia 7. 103-108.
JORDANO BARBUDO, Mª A. (1996): Arquitectura medieval cristiana de Córdoba. Desde la Reconquista al inicio del Renacimiento. Córdoba.
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