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LA CIUDAD PALATINA DE MADINAT AL-ZAHRA
Madinat al-Zahra ha estado sometida tradicionalmente a una distorsión legendaria que ha oscurecido su verdadera significación histórica. Explicada como la prueba del desmesurado amor de ‘Abd al-Rahman III hacia su concubina al-Zahra, de la que tomaría el nombre la ciudad, la investigación actual la muestra hoy como parte del programa político, económico e ideológico puesto en marcha por el soberano omeya tras su autoproclamación como califa en el año 929. En esta fecha, ‘Abd al-Rahman había culminado el proceso de pacificación y reunificación de al-Andalus e iniciaba una ambiciosa política de aspiraciones imperiales en el Norte de África, donde el expansionismo del califato fatimí amenazaba directamente los intereses omeyas en la zona. La adopción del título califal respondía, así, a la necesidad de plantear en pie de igualdad el conflicto con los fatimíes. En este contexto, Madinat al-Zahra, construida a partir del 936, o 940, como residencia personal del califa y sede de los órganos administrativos del Estado, es concebida a fin de mostrar la dimensión internacional del soberano y ser el escenario adecuado para la representación del poder califal.
Su mismo emplazamiento en un espolón rocoso de la sierra, a unos 8 km. de Córdoba, fue elegido por los extraordinarios valores del paisaje, permitiendo desarrollar un programa de construcciones jerarquizadas, de tal manera que la ciudad y la llanura extendida a sus pies quedaban física y visualmente dominadas por las edificaciones del Alcázar. Su implantación en el territorio generó también la creación de toda una serie de infraestructuras viarias, hidráulicas y de abastecimiento de materiales de construcción que constituyen las claves de una articulación territorial preservada en parte hasta la actualidad y visible en los restos de puentes -algunos completos como el de los Nogales-, caminos, canteras, acueductos y almunias. |
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El recinto de la ciudad adopta un trazado rectangular, de 1500 m de lado en sentido este-oeste y unos 750 m de norte a sur, tan solo deformado en el lado norte por las necesidades de adaptación a la abrupta topografía del terreno. El palacio se ubica en la parte más alta, escalonando sus edificaciones por la ladera de la montaña, en una situación de clara preeminencia sobre el caserío urbano y la mezquita aljama, extendidos por la llanura.
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La investigación arqueológica ha revelado una morfología urbana caracterizada por la existencia de grandes áreas no edificadas, vacíos constructivos que se corresponden con todo el frente meridional del Alcázar, garantizando así su aislamiento y el mantenimiento de su apertura visual sobre el paisaje de la campiña. De hecho, los únicos espacios edificados en este nivel inferior son dos amplias franjas extremas: la occidental, con una trama urbana de ordenación ortogonal, y la oriental, con un urbanismo menos rígido. |
Lo actualmente excavado es solo una décima parte de las 112 Ha que ocupa la ciudad intramuros. Corresponde al sector central del palacio que se presenta planificado en dos sectores bien diferenciados espacial y funcionalmente: uno público u oficial al este, donde se localizan los grandes edificios de recepción, y otro residencial privado al oeste, ocupado por espacios de trabajo y viviendas de personajes vinculados a la corte. En el punto más elevado del Alcázar se sitúa la Dar al-Mulk (Casa Real), residencia íntima del califa ‘Abd al-Rahman III, que se alza como un auténtico mirador, sin competencia visual alguna, sobre el resto de la ciudad y la campiña. La vivienda se organiza en torno a un núcleo central de tres crujías paralelas de habitaciones extendidas a lo ancho y rematadas en alcobas, con una rica ornamentación labrada en las fachadas de las estancias principales y pavimentos de ladrillo con incrustaciones de piedra caliza blanca que dibujan cenefas geométricas. En el extremo oriental se dispuso un baño de reducidas dimensiones que quedó condenado cuando se modificó toda esta parte de la vivienda en época de al-Hakam II para adaptarla como lugar de estudio del príncipe Hisam.
Al este, en un escalón más bajo, se sitúa una vivienda organizada en torno a un patio, vinculada funcionalmente a la Dar al-Mulk como ámbito de servicio. Más al este aún destaca el conjunto residencial de las Viviendas Superiores, formado por dos unidades semejantes que distribuyen sus estancias en torno a grandes patios cuadrados, erigidos en los espacios preeminentes de la edificación. Ambas forman parte del diseño original del Alcázar; su posición dentro de él, controlando el paso hacia las terrazas inferiores, parece indicar su uso por una parte de la guardia de palacio.
Inmediatamente por debajo de estas viviendas se dispone un espacio de forma trapezoidal que constituye un nudo de comunicaciones internas del Alcázar. Concebido en origen como una calzada de acceso al sector occidental del palacio, una temprana obra de reforma trastocó su organización, habilitando una vivienda en la mitad occidental, mientras que la oriental consolidó su función como el lugar donde se controlaba el acceso a las residencias de la manzana ubicada al sur.
En la parte norte de esta manzana meridional se desarrollan las llamadas Viviendas de Servicio, espacios domésticos de trabajo donde realizaba su trabajo el personal de servicio que atendía las necesidades de los grandes personajes que habitaban las viviendas ubicadas más al sur. Destaca entre ellas la más oriental. Organizada en torno a un patio, cuenta con un núcleo residencial al este, formado por amplias estancias con pórtico delantero y letrina, y aislado del resto por una gran puerta. Probablemente aquí residía un alto funcionario de palacio, quizás el jefe de cocinas (sahib al-matbah) encargado de controlar y dirigir la actividad desarrollada en el resto de las estancias, donde predominan los elementos relacionados con la manipulación de alimentos, como el horno, además de una letrina doble que las caracterizan como lugar de trabajo intensamente utilizado.
De las dos edificaciones ubicadas al sur de las viviendas de servicio, la oriental es hipotéticamente identificada con la residencia del hayib de al-Hakam II Ya’far ibn Abd al-Rahman. En su organización se articulan tres ámbitos espaciales: uno público, conformado por una edificación basilical abierta a un patio por una monumental fachada con decoración de ataurique; un ámbito íntimo, compuesto de una serie de estancias culminadas en la alcoba, a la que antecede un patio con pila y surtidor; y un ámbito se servicio, organizado también en torno a un patio. Todo lleva a pensar, pues, que se trata de la residencia de un alto personaje de la corte que vive solo.
Con una tipología completamente diferente, la llamada Vivienda de la Alberca, al oeste de la de Ya’far, presenta la particularidad de estar estructurada por un espacio central ocupado por un jardín con alberca en su lado occidental. A él se abren en los lados menores, mediante monumentales fachadas de triple arquería y profusa decoración de ataurique, estancias alargadas dispuestas de dos en dos en cada crujía. Los datos arqueológicos apuntan una cronología temprana para esta construcción, que formaría parte, pues, del diseño primitivo del Alcázar. A ella debió asociarse en origen el baño unipersonal adosado a su costado oriental, aunque después lo compartiera con la Casa de Ya’far. |
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Al noroeste de estas edificaciones se dispone otro conjunto que conocemos con el nombre de Patio de los Pilares, por su organización en torno a un gran patio porticado de estructura adintelada y crujías de habitaciones rematadas en alcobas en todos sus lados. Las estancias occidentales, soladas de mármol, parecen ser las más importantes, frente el resto de los espacios, pavimentados con losas de caliza violácea. En el centro del patio se colocó un sarcófago romano con el tema de la caza de Meleagro, que fue utilizado como pila de agua.
Al este del sector residencial se desarrollan los espacios públicos o de uso oficial del Alcázar. El acceso se realizaba por una monumental batería de 14 arcos –de herradura el central y los demás escarzanos- abiertos en el lado occidental de una vasta plaza de armas. Este Pórtico es una edificación efectista, puramente escenográfica, que constituye la entrada ceremonial, emblemática y simbólica al Alcázar, sin correspondencia con el espacio trasero, donde se abre una sola puerta de reducidas dimensiones. La galería estuvo cubierta por una terraza y encima del arco central se elevaba un pequeño mirador desde donde el califa pasaba revista a la formación de las tropas concentradas en la plaza en el momento de su partida a las expediciones militares.
La comunicación con la terraza superior se realiza a través de una calle en rampa con bancos adosados y un pavimento especialmente apto para el paso de caballerías, conformado por grandes recuadros de piedra oscura acarreada desde la sierra próxima bordeados por sillares calizos, que formaba parte de los recorridos protocolarios realizados con motivo de la recepción de embajadas en la ciudad. El destino de esta calle en rampa es el conjunto presidido por el Edificio Basilical Superior, de cinco naves longitudinales y una transversal rematada por saletas en sus extremos, donde se define un núcleo jerárquico formado por las tres naves centrales, aisladas del resto mediante puertas. Su pavimento de ladrillo y su “austera” decoración, reducida al enlucido de los paramentos con mortero pintado de almagra y blanco, no menoscaba la monumentalidad de este edificio, al que es difícil identificar con alguna de las construcciones oficiales citadas en las fuentes, pero del que no cabe duda que, tanto por su organización como por su posición, estaba dedicado a funciones administrativas y protocolarias. El conjunto se completa con una gran plaza al sur, flanqueada por varias estancias en su lado oeste y una vivienda en el costado oriental.
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El destino final de las embajadas que llegaban a la ciudad era el Salón del Trono, mandado construir por ‘Abd al-Rahman III entre los años 954-957. Su erección supuso una radical transformación del Alcázar, convirtiéndose en el nuevo referente simbólico de la ciudad y marco arquitectónico destinado a la celebración de recepciones políticas por parte del califa, siguiendo las normas de un rígido protocolo concebido para la exaltación del soberano. El Salón se organiza como un espacio basilical de tres naves longitudinales rematadas por arcos ciegos y una nave transversal abierta al jardín frontero mediante una arquería centrada en la amplia fachada. A ambos lados de este sector se disponen grandes estancias alargadas con saletas en sus extremos. |
La excepcionalidad del edificio radica en su extraordinaria ornamentación labrada que, como una epidermis, se extiende a la totalidad de las superficies de los muros, tanto en el interior como en el exterior. Destacan los grandes tableros que flanquean los vanos, donde irrumpe una gramática ornamental de raigambre oriental en abigarradas composiciones que representan el árbol de la vida. Sobre ellos se sitúa el guarnecido de los arcos y encima un friso liso y otro decorado con polígonos estrellados sobre el que apoya la techumbre de madera.
El Salón es la pieza maestra de un vasto conjunto que incluye también el jardín frontero y las ricas estancias del costado oriental, integradas por una serie de habitaciones, patios y letrinas, que culminan en un baño unipersonal, cuya organización sigue el esquema habitual en este tipo de instalaciones: tres estancias paralelas destinadas a vestuario-sala fría, sala templada y sala caliente con bañera, calentada por el horno contiguo. La característica más señalada es su consideración de estancias nobles, con pavimentos de mármol y decoración parietal labrada en el mismo material para elementos concretos como las alacenas y la sala caliente del baño. |
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El Jardín es un vasto espacio que integra junto al Salón un conjunto unitario de claro simbolismo paradisíaco, que tiene por objeto la magnificación del soberano. Presenta una estructura de crucero definida por dos andenes cruzados en el centro que delimitan junto con los andenes perimetrales cuatro grandes cuarteles. En su centro se dispone un pabellón, hoy completamente arrasado, rodeado por cuatro albercas, que repite la planta del Salón y que, como él, ostenta una profusa ornamentación labrada en piedra. |
Fuera de los límites del Alcázar y al nivel de la terraza inferior se ubica la Mezquita aljama. Cercana al recinto del palacio, su emplazamiento permitió un uso compartido por parte de la población del Alcázar y de los residentes en la medina; su marginalidad, sin embargo, revela el escaso papel jugado por ella en la representación de la autoridad califal. Las fuentes indican que fue uno de los primeros edificios construidos en Madinat al-Zahra, pues la primera oración del viernes se celebra en el año 941. Está bien orientada hacia La Meca y presenta la organización espacial propia de las mezquitas occidentales, con un patio porticado y sala de oración de cinco naves perpendiculares a la qibla. Sólo el espacio de la maqsura está pavimentado con losas de barro cocido, cubriéndose con esteras el suelo terrizo del resto del oratorio. Junto a la puerta norte del patio se ubica el alminar. Una probable reforma la dotó de un doble muro de qibla en conexión con la maqsura, a la que accedía el soberano desde el sabat, adosado al muro oriental del jardín frontero al Salón de Abd al-Rahman III.
Frente a la mezquita se ubica una edificación de carácter residencial, integrada por tres viviendas al servicio del oratorio.
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