Mundo funerario

 

NECRÓPOLIS MUSULMANAS

 

   Los cementerios musulmanes se denominan con el apelativo de makbara (en singular) y makabir (en plural). Su localización continúa las tradiciones de culturas anteriores, disponiéndose extramuros de la madina, cerca de las puertas que se abren a lo largo de la muralla y junto a los caminos de acceso al interior de la ciudad, favoreciendo así la superposición en nuestra ciudad de espacios funerarios de diversas épocas. Al interior de las murallas de la madina únicamente podían ser enterrados los califas, los miembros de la familia real y altos dignatarios, disponiéndolos en pequeños cementerios conocidos como rawdas o raduas. En Córdoba está constatada a través de los textos escritos que la denominan rawda al-Julafa (rawda de los califas), situándola en el interior del Alcazar califal.

   Las fuentes escritas documentan en Qurtuba hasta un total de 21 cementerios, que son designados con nombres tales como makbara Mu´ammara (concubina de Abd al-Rahman II), makbara Mu´ta (concubina de al-Hakan I) y makbara Umm Salama (princesa nieta del emir al-Hakan I y esposa del emir Muhammad I), ostentando, pues, el nombre de sus fundadoras y mecenas. En otras ocasiones se denominan igual que la puerta junto a la que se localizan, caso de la makbara Bab Amir al-Qurasi.

   Las makabir son lugares abiertos, sin muros delimitadores del espacio funerario y con una planta irregular, creciendo entre los arrabales y las mezquitas en aquellos zonas que permanecían exentas de construcciones. Las tumbas, denominadas qbar/qubur, parecen situarse reservando cierto espacio entre ellas, que sería utilizado para el paso de deudos y visitantes o para realizar las oraciones pertinentes. Sin embargo, esta disposición no se respeta en ocasiones, favoreciendo la superposición de tumbas y dando lugar hasta tres ó cuatro niveles de enterramientos. Se conoce también la existencia de tumbas algo más monumentales, denominadas qubbas, que albergaban los restos de ilustres letrados, ascetas, taumaturgos o personajes destacados por su santidad y vida piadosa, en torno a los cuales se enterraba la población beneficiándose de la influencia espiritual que irradiaban. A las personas veneradas que yacían en dichas sepulturas se las tenía como patrones y protectores de las necrópolis.

   Los musulmanes siguen el rito de la inhumación, que completa un ritual en el que otros pasos importantes son el lavado, amortajamiento, traslado del cadáver, banquete funerario y oraciones posteriores. Según el malikismo “las fosas no deberían ser más profundas que la cintura de un hombre y debían cavarse en la misma tierra, sin obra hecha de yeso, ni fabrica en que se use barro, habiéndose de cubrir con ladrillos o piedras”. También se indica que la fosa debe presentar espacio suficiente para que el difunto se incorpore y responda al interrogatorio que le realizan los ángeles de la Tumba, Munkir y Nakir, la primera noche tras ser enterrado. El cadáver se sitúa en la fosa desprovisto de ataúd, envuelto sólo en un sudario y orientado en ángulo recto con la qibla de la Meca; en el caso de Al-Andalus en el eje NE-SO. Se coloca en posición decúbito lateral derecho, con las extremidades inferiores ligeramente flexionadas, los brazos recogidos hacia delante sobre la región púbica y el rostro orientado hacia el SE. Respecto al ajuar, prohibido por el Islam, se localizan en ocasiones determinadas elementos de adorno personal como anillos, pendientes y candiles, en relación con las oraciones realizadas durante las siete noches tras el entierro del difunto.

   En la tipología de las tumbas existe una gran variedad, distinguiéndose fundamentalmente por el tipo de cubierta. En Córdoba, donde las últimas excavaciones han llegado a localizar varios miles de tumbas en un solo cementerio, destacan aquellas que presentan una fosa simple sin cubierta ó con cubierta realizada mediante tejas dispuestas transversalmente. Estarían rematadas con pequeños túmulos de tierra, que funcionaban como señalización de las mismas en el espacio funerario. Suelen contar con una lápida en la cabecera, en los pies, o en ambos sitios, denominada testigo o sahid, porque su inscripción da testimonio de la identidad del individuo. Se disponen mirando a los pies de la tumba de modo que puedan ser leídas desde ese extremo; si la tumba se encuentra cercana a un camino se girará pudiendo leerse por el transeúnte. El Museo Arqueológico de Córdoba exhibe una buena muestra de ellas.

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Final de excavación

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BIBLIOGRAFÍA.

CASAL GARCÍA, M.T. (2001): “Los cementerios islámicos de Qurtuba”, Anales de Arqueología Cordobesa, 12, 283-313.

CASTEJÓN, R. (1965): “Excavaciones en Córdoba para localizar las tumbas de los califas”, N.A.H., 7, 229-235.

PINILLA MELGUIZO, R. (1997): “Aportaciones al estudio de la topografía de Córdoba islámica : almacabras”, Qurtuba, 2, 175-214.

TORRES BALBÁS, L. (1957): “Cementerios hispanomusumanes”, Al-Andalus XXII, 131-191.

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NECRÓPOLIS JUDÍAS

 

   La comunidad judía, constituída por una de las minorias que formaba parte de la población cordobesa durante el periodo medieval, estableció sus propios cementerios ubicados en algunas ocasiones en la inmediaciones de las Juderías.

   La tipología de sus tumbas documentada en España es muy variada, siendo los tipos fundamentales: enterramiento con fosa y cámara lateral, sepulcros en cueva, tumbas antropomorfas, enterramientos en fosas trapezoidales, lucillos, fosas contorneadas por cantos rodados y sepulturas con ataúdes de madera ligeramente trapezoidales en una fosa común. La utilización de estos ataudes debió ser muy frecuente, pues aparecen restos de los mismos en numerosas necrópolis, constatándose mediante la presencia de clavos o restos de madera en el interior de la fosa.

   La orientación más común dispone el cadáver con la cabeza hacia el Oeste y los pies hacia el Este, documentando algunas variaciones. Dicha regla encuentra su fundamento en la propia doctrina judía, pues de esta forma cuando llega el momento de la resurrección lo primero que divisará el difunto será el Oriente. Los cuerpos aparecen dispuestos en posición decúbito supino, con los brazos extendidos o doblados sobre distintas partes del cuerpo y excepcionalmente cruzados. La cabeza suele estar inclinada hacia el hombro derecho o izquierdo. Respecto a los ajuares existe una heterogeneidad entre las diversas necrópolis excavadas, hallando en determinadas ocasiones objetos de adorno personal tales como anillos de oro y plata, colgantes, pendientes ó alfileres.

   Tradicionalmente el cementerio judío se situaba al exterior de la Puerta de Almodovar, en la zona conocida de antiguo como el Fonsario de los judíos, muy cercana la judería. Hasta la fecha no se ha podido corroborar arqueológicamente. La única necrópolis judía constatada en Córdoba corresponde a las excavaciones realizadas por Enrique Romero de Torres en los años 30, que localizaron enterramientos judíos “en un montículo situado entre la Puerta de Sevilla y el cementerio moderno de Nuestra Señora de la Salud”. Sin embargo, estos trabajos sólo quedaron recogidos en un breve artículo que impide cualquier profundización, y que por el momento no han podido ser corroborados mediante excavaciones más recientes. Fueron intervenidas unas setenta tumbas orientadas a Levante, de tipología muy variada: simples fosas excavadas en la tierra con cantos rodados en su contorno, fosas con forma trapezoidal y tumbas realizadas con sillarejos de piedra, tejas y ladrillos con cubierta también de piedra conformada por grandes sillares. Destacan dos unidas y “construidas con rosca de ladrillo en forma de bóveda”, que podrían identificarse con las conocidas como lucillos. Sobre la disposición de los restos óseos no se aporta ningún dato. En el interior de las fosas se encontraron clavos de hierro con fragmentos de madera adheridos, entre los que destacan tres casos en los que aparecían clavados en la tercera costilla del lado derecho, en la rótula de la pierna izquierda y en la primera falange del dedo índice. La interpretación última de estas particularidades se nos escapa por completo, supuesta además la prohibición absoluta que esta cultura tiene de manipular los cadáveres.

   Se especifica también el hallazgo de un aljibe en cuyo interior se disponían diez esqueletos también con restos de clavos y dispuestos con la misma orientación.

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BIBLIOGRAFÍA.

ANDRÉS VAZQUEZ, J. (1935): “La necrópolis hebraica de Córdoba”, Algo, 298, 15-16.

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NECRÓPOLIS MOZÁRABES (Zona Arqueológica de Cercadilla)

 

  En los primeros momentos tras la ocupación musulmana, el elemento islámico correspondía a una minoría frente al grupo hispano-godo asentado en el país desde hacía más de tres siglos, de fuerte tradición hispanorromana y de componente religioso cristiano; grupo que configuraría la comunidad mozárabe a partir del 711.

  El término mozárabe ha suscitado muchos debates en torno a su origen y significado. “Mozárabe” proviene de mustarabib, que traducido al castellano moderno significa arabizado, lo que desprende cierto matiz despreciativo. Debemos también tener en cuenta que dicho término se documenta por primera vez en el siglo XI, registrándose sólo en textos cristianos y nunca árabes. Atendiendo a estos aspectos podríamos apuntar que era utilizado por los cristianos del norte para referirse a aquellos correligionarios que, bien por vivir cerca de las zonas fronterizas con al-Andalus, o bien por emigrar desde territorios dominados por los musulmanes a zonas septentrionales, se encontraban claramente marcados por la impronta islámica. No obstante, hoy en día este término se extiende a todos los cristianos que vivieron en zonas de ocupación musulmana, ya cohabitaran con ellos, ya decidieran emigrar .

  En el año 313, tras la instauración del Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano, muchos de los complejos palaciegos dispersos por el territorio imperial, se van a ver afectados por una transformación que ocasionará bastantes cambios en lo referente al ritual religioso. Un proceso que afecta también al palacio de Maximiano Hercúleo (Cercadilla), tres de cuyos edificios son reutilizados centralizando en ellos el culto al patrón de la ciudad, San Acisclo.

  Pero estos cambios afectan también a la concepción del mundo de la muerte, por cuanto tras la implantación del cristianismo ya no serán las vías de comunicación los ejes vertebradores de los espacios funerarios, sino las iglesias martiriales y las memoriae, como consecuencia del deseo de los fieles de enterrase junto a sus mártires o espacios sacros. Una circunstancia que aparece claramente constatada en el caso de Cercadilla, donde se han documentado aproximadamente doscientas tumbas de ritual cristiano, con una cronología que abarca los siglos VI al XII, alcanzando su máxima concentración entre el VIII y el X.

  El ritual funerario utilizado por éste grupo es el de la inhumación, siendo frecuente la inhumación simple, que en algunos casos se combina con un osario, generalmente situado a los pies de la inhumación o en uno de sus laterales. En muchas ocasiones existe una relación de parentesco entre ambos individuos. También aparecen en un número más reducido tumbas dobles, acompañadas en algunas ocasiones de un osario, e incluso triples.

  La tipología de dichos enterramientos es amplia y variada. Presentan una fosa excavada directamente en la tierra, donde se disponía el difunto, siendo también muy habitual encontrar la cista con las paredes delimitadas mediante losas de calcarenitas, que le aportan una forma rectangular. La cubierta se compone de lajas de pizarra o sillarejos, pudiendo sustituirse en determinadas ocasiones por tejas colocadas en sentido transversal, incluyendo fragmentos de tinajas y lebrillos

  El cadáver se dispone en posición decúbito supino con la cabeza orientada al Oeste, variando su orientación en aquellos casos que se ha aprovechado como cista alguna estructura previa. La disposición de las extremidades varía. Los brazos pueden aparecer flexionados sobre el tórax, a la altura de la cintura, sobre la pelvis o extendidos a lo largo del cuerpo.

  No presentan ajuar alguno, a excepción de dos casos, en los que se hallaron sendos jarritos depositados junto a la cabeza.

  Esta necrópolis ha sido sometida a un profundo estudio antropofísico por parte de J.M. Guijo y R. Lacalle, quienes han detectado un elevado número de patologías. Entre las enfermedades más comunes, presentes en casi todos los individuos, destacan las infecciosas, las traumáticas y las dentales. Tanto las infecciosas como las dentales se encuentran estrechamente relacionadas con la escasez de la dieta mozárabe, que alternaba periodos de abundancia con otros de carestía, lo que nos está desvelando una economía de subsistencia. Otras patologías detectadas incluyen la lepra, el raquitismo, la sífilis, la tuberculosis, la enfermedad de Pagét, la osteoporosis, etc. Todo ello explica que la media de vida en los adultos sea aproximadamente de 40 años, y que incluyendo el índice de mortalidad infantil se reduzca a 24,9 años.


Para más información ver Zona Arqueológica de Cercadilla.

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BIBLIOGRAFÍA.

HIDALGO PRIETO, R. (2000): "Sobre la cristanización de la topografía de Córdoba tardoantigua: el caso del palacio de Cercadilla", Arqueología da antiguedade na Península Ibérica, 3º Congreso de Arqueología Peninsular, vol VI, 741-754, Porto.

ORTIZ RAMIREZ, L. (2003): "Los Mozárabes en Córdoba: Una aproximación preliminar a la necrópolis de Cercdilla", Arte, Arqueología e Historia, 10, 79-84.

 

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