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La información disponible sobre los arrabales de la Córdoba islámica descansa en las fuentes escritas por un lado y en las aportaciones recientes de las intervenciones arqueológicas, por otro. El conocimiento sobre el urbanismo de las ciudades de al-Andalus ha avanzado considerablemente. Así, frente a una idea única de desorden urbano, con plantas laberínticas y calles estrechas, la realidad arqueológica actual nos ofrece también una imagen bien distinta, que nos muestra una ciudad islámica –en el caso de Córdoba constatada de forma fehaciente en las recientes excavaciones de los arrabales de Poniente y del noroeste, originados por la expansión de la ciudad en el siglo X, aunque por desgracia sus espectaculares vestigios hayan sido sistemáticamente arrasados- basada en una planificación urbanística predeterminada, de trama ortogonal, con calles amplias y perpendiculares con un sistema de saneamiento perfectamente integrado.
Los únicos datos sobre urbanismo islámico de que disponíamos hasta hace algunos años se recogían en los estudios de las fuentes literarias, traducidas y analizadas por numerosos investigadores a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Como resultado de todo ello, sabíamos que Qurtuba llegó a tener veintiún arrabales, a los que se llegaba a través de las siete puertas dispuestas por todo el recinto de la Medina. Dos de ellos se situaron en la otra orilla del río Guadalquivir, y el primero en ser construido fue el de Sequnda, conocido con el nombre de “el Arrabal”. Su vida fue bastante limitada, ya que en 818 fue arrasado por las tropas de al-Hakam I, prohibiéndose su reocupación para siempre. |
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A partir de este hecho la población se extiende a oriente de la ciudad, surgiendo en la Axerquía seis nuevos arrabales: Sabular, Furn Burril, al-Bury, Munyat `Abd Allah, Munyat al-Mugira y rabad al-Zahira. Por su parte, al norte, se crean en torno a sendas almunias de época emiral tres arrabales más: rabat al-Rusafa, rabat Bab al-Yahud y rabad Masyid Umm Salama. Finalmente, el sector occidental de la ciudad, en el que ya existían edificaciones construidas durante el mandato de al-Hakam I y ’Abd Rahman II, alcanza ahora su máximo desarrollo, construyéndose hasta nueve arrabales que se extienden incluso más allá del perímetro occidental de la Córdoba actual y se identifican con los siguientes nombres: Haguanit-ar-raihan, al-Raqqaqin, Maschid al-Shifa´, Maschid Masrur, Balat Mugith, Hammam al-Ilbiri, al-sichn al-qadim, Maschid al-Cahf y Maschid Assorur. Los nombres de algunos de ellos se corresponden con el de la almunia de época emiral en torno a la que se desarrollaron.
Hasta hace poco más de diez años la documentación arqueológica sobre este tema era muy parcial y prácticamente inexistente. Sin embargo, con el inicio de la década de los 90 se realizan continuas intervenciones arqueológicas de urgencia en la zona occidental y septentrional de la ciudad que sacan a la luz numerosas estructuras de carácter público y privado. Los restos exhumados permiten comprobar cómo el ensanchamiento de la ciudad hacia el oeste responde a un esquema urbanístico perfectamente planificado y regular –con manzanas de viviendas estructuradas por calles principales y secundarias (adarves), algunas de ellas con redes de evacuación para las aguas residuales-, coordinado sin duda desde la propia Administración.
Además de los edificios eminentemente privados los arrabales se completan con otros de carácter público que les proporcionan cierta autonomía con relación a la Madina, mezquitas y zocos que se disponen en plazas, y cementerios que se fusionan con el entramado urbano como un elemento más.
El enorme crecimiento experimentado por Qurtuba en el siglo X, fundamentalmente durante el reinado de ’Abd al-Rahman III, es consecuencia directa de una serie de factores políticos y sociales enmarcados en un momento de importantes cambios y proyectos por parte de la clase dirigente. Estos aspectos hacen que la ciudad y sus habitantes se multipliquen a gran velocidad, haciéndose necesaria la creación de nuevas zonas para residir. Sin embargo, el mayor desarrollo de la ciudad hacia la zona occidental y septentrional de la Madina es consecuencia directa de la creación de la ciudad palatina de Madinat al-Zahra en las estribaciones de Sierra Morena.
Los arrabales se estructuraron en torno a una red de caminos heredados de época romana, que progresivamente se irán transformando en calles, así como por unas nuevas vías que facilitarán el contacto con la Madina.
Como nos informan las fuentes, la presencia de arrabales en Qurtuba está presente desde época emiral, cuando se pero alcanza su máximo desarrollo con la llegada del califato. Pese a todo, la información disponible no nos permite concretar a cuál de los arrabales citados en las crónicas corresponden los numeroso vestigios arqueológicos repartidos extramuros, que cobran unas dimensiones excepcionales en la zona de poniente y norte de la ciudad actual, hacia la que se está dirigiendo el desarrollo urbano, tal y como lo hiciera una vez en los albores del siglo X..
Uno de los elementos fundamentales en la configuración de los arrabales es la casa. En este sentido la casa islámica responde a unos parámetros ideológicos y sociales que la diferencian claramente de la de otras culturas. De este modo, y aunque las diferentes tradiciones arquitectónicas y edilicias, trayectorias históricas y ambientes ecológicos diversos de los territorios sobre los que se implantó el Islam determinen la inexistencia de un tipo único de casa musulmana, el concepto de la familia y de su función social han impregnado profundamente la arquitectura doméstica producida por esta cultura. Se ha discutido sobre la tipología de la casa islámica así como sobre sus orígenes, destacándose por un lado tanto sus similitudes formales y tipológicas con la casa helenística y romana, como sus diferencias conceptuales y funcionales. Por otro lado, se ha resaltado el peso de una tradición doméstica preislámica, presente en determinadas zonas de Arabia entre los siglos IV y VI y manifestada en última instancia en las descripciones de la casa del Profeta en Medina, generadora de un prestigio ideológico que, junto a los elementos de substrato del mundo clásico, explicaría la relativa homogeneidad de esta arquitectura.
Aunque repetido hasta convertirse en tópico, el principal rasgo de la casa islámica es su carácter introvertido, el estar diseñada de dentro hacia fuera. De hecho, se advierte cómo una vez adquirida la parcela sobre la que se edificará, lo primero que se construye es un muro medianero con una altura que asegure la no visión desde el exterior e imposibilite el acceso de intrusos.
Con posterioridad, y a partir de este espacio interior que no es sino un gran patio que representa el área máxima de ocupación por parte del grupo familiar, se procederá, de acuerdo con las necesidades cambiantes de ese grupo, a la edificación de diferentes estancias aglutinadas en una o más crujías que no suponen sino una reducción del patio.
Las unidades domésticas, sensu estricto, hasta el momento conocidas en Córdoba se caracterizan por la posesión de un único patio, debiéndose caracterizar aquellas edificaciones con más de un patio dentro de una categoría diferente. El patio es siempre interior, como es característico del modelo de casa urbana islámica en general y andalusí en particular, claramente diferenciado del modelo de casa con patio exterior que parece característico del hábitat rural. Por lo que respecta al número de plantas, por lo general debían contar con una sola, no habiéndose documentado por el momento en estos contextos domésticos el arranque de escaleras que permitan asegurar la construcción de una segunda planta. Sin embargo, en algunas de las casas excavadas en los arrabales de Córdoba, el grosor y características edilicias de los muros de determinadas crujías permitirían la existencia de una segunda planta, si bien por el momento este extremo no ha podido ser comprobado arqueológicamente.
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Al exterior, estas casas suelen presentar una única puerta, ubicada por lo general en uno de los ángulos de la fachada, y abierta preferentemente más a un adarve que a una calle de tránsito. En ocasiones, puede presentarse una segunda puerta, vinculada a una cuadra o a una habitación destinada a una actividad artesanal o comercial. La puerta da acceso al zaguán, pieza que actúa como intercomunicador entre el ámbito público de la calle y el privado y doméstico de la casa. Consiste en una habitación por lo común de pequeñas dimensiones, con puertas no enfrentadas para impedir la visión directa, desde la calle, del interior del patio. |
En los casos excavados, suelen estar pavimentados con lajas de caliza o de esquisto, o con baldosas cerámicas. En una o en varias de sus paredes puede presentar un banco corrido, actuando como recibidor e incluso como ubicación de algún tipo de actividad artesanal. En ocasiones, puede aislarse de él, mediante un ligero tabique, un espacio en el que se ubica una letrina. En ocasiones, el zaguán no aparece formalizado como tal y el acceso al patio se realiza a partir de un espacio sumariamente individualizado en un ángulo del mismo. En todo caso, siempre se busca el aislamiento entre el exterior y el patio. Éste representa, como ya se ha indicado, la matriz y el centro de la casa. Cumple una clara función simbólica y social, al tiempo que otra de carácter funcional y, podríamos decir, ecológico. En efecto, al abrirse a él todas las habitaciones de la casa, el patio actúa como nexo e intercomunicador entre las distintas células, a la vez que permite su iluminación y ventilación. Pero al mismo tiempo, y en unión del empleo de materiales de construcción tradicionales, propicia un correcto intercambio entre el subsuelo y la atmósfera, cumpliendo una función microclimática al suavizar las temperaturas mediante la generación de corrientes de convección.
El patio está condicionado en su planta por la forma original de la parcela sobre la que se edificará y por su mayor o menor regularidad. En el estado original, previo a posibles agregaciones o segregaciones, por lo demás documentadas en el registro arqueológico, se configurará con una planta más o menos cuadrangular, en ocasiones claramente rectangular e incluso trapezoidal. El patio puede presentar toda su superficie a un mismo nivel o mostrar un andén periférico sobreelevado y pavimentado respecto a la zona central, por lo general terriza.
Junto al patio, la principal estancia de la casa la constituye una gran sala rectangular situada por lo general en la crujía Norte o en la Sur. En algunas casas, aparecen dos salas, situadas invariablemente una enfrente de la otra y con sus puertas respectivamente orientadas al Sur y al Norte. Este es un fenómeno muy característico de aquellas zonas del mundo islámico, y mediterráneo en general, en las que existen acusadas diferencias térmicas estacionales e, incluso, diarias. A diferencia de las habitaciones de las casas occidentales, por lo general destinadas a una actividad específica, las salas de la casa islámica no presentan una funcionalidad preestablecida, por cuanto en ella las divisiones significativas se derivan de la accesibilidad social, tanto pública como privada. Las salas se usan indistintamente para comer, dormir, realizar tareas domésticas o recibir a invitados. Esta polifuncionalidad se traduce en la ausencia de mobiliario, reducido por lo general a algunas arcas. Para el almacenamiento de viandas y enseres se suelen emplear alhacenas abiertas en la pared, en tanto que para sentarse y comer se usan alfombras, mantas, esteras y cojines que se disponen sobre el suelo y a continuación se recogen.
Estas salas se abren al patio mediante una puerta por lo general dispuesta en el centro de la pared, y que puede ser de uno o dos vanos. En contados casos, se documenta la existencia de un pórtico ante la sala, que crea un espacio de transición respecto al patio al tiempo que lo embellece. Se diferencian dos tipos de salas en las casas cordobesas por el momento excavadas: simple espacio rectangular no compartimentado; sala compartimentada mediante tabiques que generan una o dos alcobas laterales, de reducidas dimensiones y cuyo pavimento puede estar a la misma altura que el de la sala o ligeramente sobreelevado con la función de disponer sobre él las esteras y colchones.
Los pavimentos de estas salas, al igual que los de las alcobas, cuando aparecen diferenciadas, suelen ser de mortero de cal pintado a la almagra. En ocasiones se documentan también pavimentos de losas de cerámica. En época califal, estos espacios suelen concentrar igualmente la escasa decoración que, aparentemente, se aplicaba a los conjuntos domésticos. Esta suele consistir en un zócalo pintado de color rojo almagra, con una altura de unos 60 cm. y que contrasta con el simple encalado del resto de las paredes. En ocasiones este zócalo muestra sencillos motivos decorativos consistentes en bandas y listeles de pintura de color blanco o crema que resaltan la horizontalidad del zócalo frente a la verticalidad de la puerta o de posibles alhacenas o nichos abiertos en la pared. Estos zócalos decorativos parecen generalizarse para época almohade, momento en el que, como demuestran las excavaciones de Orive, aparecen en todas las estancias de la casa (incluyendo letrinas, zaguanes y patios) con un repertorio decorativo mucho más rico, a base de motivos geométricos rectilíneos y curvilíneos, del que incluso no están ausentes determinados motivos vegetales.
Tal vez la única dependencia de la casa islámica con una funcionalidad claramente diferenciada sea la letrina. En todos los casos se busca la mayor discreción y privacidad a la hora de ubicarla, a fin de aislarla en lo posible del resto de la casa. Para ello se suele disponer en habitaciones en recodo que aprovechan cualquier rincón de la casa (generalmente en un ángulo del patio o incluso en el zaguán), mostrando en ocasiones un doble sistema de puertas. Dentro de estos parámetros, otro condicionante para la ubicación de las letrinas viene dado por la proximidad a la calle, a fin de buscar una evacuación lo más corta y directa posible a las fosas sépticas o cloacas en ella ubicadas. La letrina andalusí clásica está construida con mampostería o con lajas de piedra caliza, consistiendo en una estructura rectangular sobreelevada respecto al pavimento de la habitación, y que presenta en su centro una hendidura estrecha y larga comunicada con el pozo negro o con la atarjea. En algún caso se documenta la existencia de una pequeña pileta destinada al lavado.
Por lo que respecta a espacios específicamente concebidos para actividades culinarias, la información arqueológica cordobesa es muy parca, no documentándose espacios especializados funcionalmente identificables como cocinas y con una doble compartimentación en un área de almacenamiento y en otra de “fuego”. En las casas cordobesas de época califal, lo más que se comprueba es la existencia de estructuras de combustión, consistentes en una torta de arcilla dispuesta sobre el suelo, por lo general en un ángulo del patio o en un pequeño espacio individualizado en uno de sus laterales. La poca solidez de estas estructuras, junto a su escasez, parecen apuntar a que las actividades relacionadas con la preparación de alimentos se realizarían en los patios o en otros espacios polifuncionales de la casa, empleando anafes para su elaboración al fuego.
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BIBLIOGRAFÍA.
MURILLO, J.; FUERTES, C.; LUNA, D. (1999): "Aproximacíon al análisis de los espaciós domésticos de la Córdoba andalusi", Córdoba en la historia: la construcción de la urbe, Córdoba.
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