Los orígenes de la ciudad. La fundación de Corduba

Hoy en día está fuera de dudas que con anterioridad a la implantación de la ciudad romana, al este del solar donde ésta iba a desarrollarse, existía ya un asentamiento estable de primera importancia, que en un momento imposible de precisar empezó a ser conocido como Corduba y cuyos orígenes pueden retrotraerse al III milenio a. C. Desde este momento se observa una continuidad en la ocupación hasta finales del s. II a. C., sin hiatos ni interrupciones, lo que es característico de los asentamientos que ocupan los escalones superiores de la red de poblamiento.

Hacia el siglo VIII a. C., en el marco del llamado horizonte tartésico antiguo, podemos hablar ya de un núcleo protourbano que ocupaba una superficie de unas 50 ha. y ejercía ya un importante función de control y explotación del territorio circundantes, función ésta que se vio afianzada y potenciada durante el período orientalizante cuando se advierten características plenamente urbanas y una fuerte expansión de la economía sobre todo de la mano de la metalurgia del cobre y la plata actuando la ciudad como auténtico carrefour en el que confluyen una serie de vías y caminos que ponen en comunicación la zona minera de Sierra Morena, las fértiles tierras de la campiña y el eje vertebrador que supone el río Guadalquivir. A la explotación de los metales se unía la actividad agrícola que se convertirá tal vez en el pilar básico de la economía a finales del periodo orientalizante, tal vez como consecuencia de una fuerte crisis en la minería sin olvidar posibles tensiones internas de la sociedad tartésica, y que se plasmará en fenómenos de gran trascendencia como es la “colonización” de zonas adyacentes y la delimitación de los territorios de los distintos núcleos urbanos, a los que podríamos ya denominar oppida según la terminología al uso.

Las excavaciones llevadas a cabo en los últimos años han puesto de manifiesto que la etapa turdetana no supone un retraimiento o involución de la ciudad que mantuvo su primacía en el ámbito del valle medio del Guadalquivir actuando incluso como centro de redistribución y comercialización de cerámicas áticas hasta el tercer cuarto del s. IV a. C.

Igualmente, estas últimas intervenciones han zanjado de una vez y para siempre otro problema capital de la arqueología cordobesa, el de la coexistencia o no de un núcleo urbano prerromano y la ciudad “fundada” por Claudio Marcelo. En efecto, queda hoy demostrada la pervivencia en la ocupación hasta, al menos, finales del s. II a. C. elemento éste que implica la convivencia pacífica e incluso la colaboración y que explicaría en gran medida la fortuna de la ciudad romana, llamada a ser casi desde sus inicios caput provinciae heredando así los factores de éxito de la Corduba prerromana, hasta tal punto que se mantuvo el nombre de la ciudad, así como la mención a los indígenas “escogidos” que aparece en el conocido pasaje de Estrabón (3, 2, 1).

En este texto el geógrafo de Apamea nos dice que Corduba es “fundación de Marcelo” personaje que la mayoría de los investigadores identifican con Marco Claudio Marcelo, tres veces cónsul (166, 155 y 152 a. C.), por lo que podemos situar el acontecimiento bien en 169/168 bien en 152/151 a. C., momentos en que conocemos la presencia de este personaje en Hispania, aunque hoy por hoy es absolutamente imposible decantarse por una u otra opción desde un punto de vista arqueológico amén de ser una cuestión que no afecta decisivamente a nuestro conocimiento de la realidad material de la ciudad.

Ahora bien, aun cuando no existen pruebas arqueológicas definitivas sí existen una serie de indicios que permiten postular la existencia tanto de contactos tempranos con el asentamiento prerromano como de un posible asentamiento militar, anteriores ambos fenómenos a la “fundación” de Marcelo.

Desde un primer momento queda clara, entre otras, la vocación estratégica y logística de la ciudad, base de operaciones de los ejércitos romanos en las sucesivas estrategias que se observan en el desarrollo de la conquista romana (control efectivo del Valle del Guadalquivir, contención de las incursiones lusitanas, penetración al Norte de Sierra Morena), posible centro de abastecimiento de las tropas así como lugar de invernada de los gobernadores y de parte de sus tropas ya que, siguiendo la práctica habitual, los ejércitos cuando no estaban en campaña eran divididos en diversas unidades que quedaban asentadas y acuarteladas en los núcleos más importantes o conflictivos del área controlada. Aunque la mayoría de las fuentes que nos testimonian este papel de Corduba se refieren a momentos post-marcelianos, si se nos permite la expresión, la confianza mutua que parece implicar la presencia de “indígenas escogidos” en el origen de la ciudad permite deducir que desde el inicio de la conquista la Corduba prerromana, o mas bien sus grupos dirigentes, debió de colaborar con el nuevo poder político que, al mismo tiempo, no dejaría de apreciar las ventajas con las que contaba la ubicación de la ciudad.

Debemos mencionar también la existencia de producciones de cerámica de barniz negro fechables en la segunda mitad del s. III a. C. y en el primer tercio del s. II a. C., si bien desgraciadamente fuera de contexto, que testimonian esos contactos que mencionábamos antes. Evidentemente, es posible que las piezas correspondan a elementos de ajuares funerarios, como ha quedado probado tras la reciente publicación de unas piezas, procedentes de actividades “irregulares”, que formaban parte de un enterramiento asociado al oppidum prerromano y entre los que destaca un vaso de barniz negro fechado entre el 210 y el 190 a. C. Pero la cuestión clave es establecer la vía de comercialización de esta pieza ya que en una fecha tan temprana parece poco probable el intercambio comercial “puro” debiendo tener en cuenta, además, los mecanismos de implantación y control del territorio por parte de los ejércitos romanos así como la paralela articulación de los circuitos comerciales. Por todo ello, la existencia de este recipiente, y de otros similares en cuanto a cronología, a lo que podría unirse la existencia de piezas monetarias de pareja datación, puede ser un testimonio de la presencia de tropas a comienzos del s. II a. C. asentadas tal vez en un castellum o praesidium que no ha dejado huella, hasta el momento, en el registro arqueológico. Este núcleo militar ejercería un dominio efectivo tanto sobre el oppidum prerromano como sobre los vados del río así como desarrollaría la funciones militares mencionadas.

Por lo tanto, hay que pensar en una etapa de relaciones de coexistencia y entendimiento mutuo, de varias décadas de duración, que explicaría la elección por parte de Marcelo de este punto en concreto para “fundar” una ciudad en la que se incluyeron grupos turdetanos “de confianza”.

Además, existen una serie de elementos que nos permiten hablar de una auténtica “dípolis” para el caso de Corduba entre los cuales la continuidad del asentamiento prerromano, el mantenimiento de la denominación del lugar, el hecho jurídico de la “fundación” y la integración de los “indígenas escogidos”, dípolis que se mantendría hasta comienzos del s. I a. C. cuando la imposibilidad física de integración entre ambos núcleos propiciaría la lenta desaparición del oppidum prerromano de manera paralela al desarrollo de la Corduba romana.

La nueva ciudad se desarrolló a unos 750 m. al NE del oppidum turdetano sobre un espolón de la terraza cuaternaria que dominaba los dos vados fluviales existentes. Un rasgo a destacar de esta primera entidad urbana, cuya extensión es de 47 Ha., es la irregularidad de su planta, característica por otra parte común en otros asentamientos coetáneos. Esta irregularidad posiblemente obedece a la necesidad de combinar una estructura de campamento o, al menos, con una fuerte impronta militar, con una topografía accidentada que ofrecía posibilidades naturales de defensa, puesto que la primera ciudad se localiza sobre una meseta o terraza elevada rodeada de pendientes y cursos menores de agua, como el Arroyo del Moro, dejando sin ocupar un espacio amplio hacia la zona del río. De esta manera se conformó un característico aspecto exterior que se vio potenciado por la imponente muralla que desde el momento fundacional rodeó la ciudad.

Precisamente esta muralla, datada aproximadamente en el tercer cuarto del s. II a. C., es el elemento arqueológico mejor conocido de esta etapa. Está formada por dos lienzos paralelos de grandes sillares almohadillados de calcarenita, el exterior de 2-3 m de anchura y el interno de 0.60 m separados entre sí unos 6 m estando el espacio intermedio relleno de tierra compactada, a modo de agger, y, en algunos casos, ánforas itálicas. En su lado norte se complementó la defensa con la excavación de un foso de 15 m. de anchura mientras que en el lado Este el mencionado Arroyo del Moro actúo como defensa natural. También se ha documentado la existencia de torres adosadas semicirculares y cuadradas que se fechan a medidos del s. I a. C. coincidiendo con los episodios bélicos que afectaron de manera importante a la ciudad en el marco de las guerras civiles.

Un elemento a destacar es la extensión del perímetro amurallado, similar a la de Tarraco durante el s. II a. C. y a las de las mayores colonias latinas y romanas de la época. Esta extensión parece excesiva y a ello debemos unir el que la población de la ciudad no debió de ser muy numerosa puesto que la continuidad de la Corduba prerromana indica que el contingente de “indígenas escogidos” no fue muy amplio, ni aun suponiendo una procedencia de núcleos vecinos, consideración que puede extenderse a los itálicos (soldados, funcionarios, comerciantes) que la “habitaron desde el principio”. Además, es probable que gran parte de las insulae de la ciudad permanecieran sin edificar hasta comienzos del s. I a. C. y aun entonces se detectan actividades, como la metalurgia, difícilmente compatibles con una densa ocupación residencial. Por todo ello, al igual que en el caso de Tarraco, nos atreveríamos a postular que Corduba sirvió como lugar de acantonamiento de tropas.

Muy poco es lo que conocemos del resto de la ciudad en esta época fundacional. Parece que es ahora cuando se procede a ordenar la trama urbana a partir de la conocida retícula ortogonal de kardines y decumani con una orientación que se mantendrá, en lo esencial, inalterada en época altoimperial. Evidentemente, el principal eje viario sería el Kardo Maximus desde la conocida como Puerta de Osario en la época bajomedieval hasta una puerta meridional abierta hacia la ladera que conducía al río, puerta demolida en época augustea, como todo el lienzo meridional de la muralla republicana, para proceder a la ampliación de la ciudad. El trazado del Decumanus Maximus plantea todavía algunos problemas, si bien es probable que ya desde el momento fundacional motrara un eje doble con dos calles paralelas que conectarían con dos puertas, una situada en la muralla oriental (Puerta de Hierro) y otra en la occidental (Puerta de Gallegos).

También debió de ser ahora cuando se procedió a la reserva de espacios públicos entre los cuales el más importante, por supuesto, el foro, atestiguado por las fuentes (Cic. Verr. 4, 56) para el 113-112 a. C. A partir de una serie de datos, es posible suponer que esta plaza se ubicó casi en el mismo lugar que el posterior foro augusteo si bien se advierten algunas diferencias a partir del estudio de la trama viaria y de algunos elementos estratigráficos. Parece que el foro republicano se extendía más hacia el Este y que estaba atravesado por el Kardo Maximus configurando así un “foro abierto” o “integrado” con un posible templo situado cerca de la iglesia de San Miguel y un espacio porticado, dato éste comprobado arqueológicamente al igual que se han observado reformas en la cubierta del pórtico, al otro lado de la vía quizá con funciones comerciales. En la etapa augustea, cuando se remodela y amplía la vía urbana, el espacio forense se desplazó hacia el Oeste alcanzando una relación longitud/anchura muy semejante a la recomendación vitruviana, es decir, 1:1,5. Igualmente se ha advertido una mínima desviación entre la orientación del lado meridional de la plaza con respecto a la de la “refundación augustea”.

Es habitual que cuando se excavan estructuras, generalmente de carácter doméstico o, al menos, privado, destaca el carácter modesto o incluso humilde de las edificaciones realizadas con técnicas edilicias muy similares a las observadas en las últimas etapas del asentamiento prerromano (zócalos de cantos de río o mampuestos, alzados de tapial y/o adobe enlucidos y decorados someramente, suelos de tierra apisonada, techumbres vegetales) aunque sí se advierte una diferencia cualitativamente fundamental en lo que respecta a la cultura material. En efecto, si se comparan los porcentajes de cerámica turdetana y de productos itálicos de importación (ánforas, barniz negro, cerámica itálica de cocina, lucernas) presentes en los niveles finales de la Corduba prerromana y los correspondientes a este horizonte fundacional la situación es radicalmente inversa si bien este dato no debe tomarse como un indicativo étnico ante la escasez de contextos claramente pertenecientes a este momento fundacional. Al respecto debemos recordar que en época julio-claudia uno de los vici de la ciudad llevaba el expresivo nombre de Hispanus, tal vez recuerdo de una zona del casco urbano, no localizada, en la que habitaron en origen miembros de ese grupo de “indígenas escogidos”.

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Transformaciones urbanísticas en el siglo I a. C.

En la zona meridional de la ciudad diversas intervenciones parecen indicar la existencia de una temprana fase de “monumentalización” en el cambio de siglo o en el primer tercio del s. I a. C. que pueden ser el indicio de cómo Corduba estaba ya convirtiéndose de facto y posiblemente de iure en el caput provinciae tal y como aparece caracterizada en las fuentes escritas. Podemos mencionar cambios en la técnica edilicia, con la aparición del uso del opus qvadratvm tanto en el ámbito público como en el privado y el empleo de tegulae, decoraciones pintadas más complejas, pavimentos de opus signinum con teselas conformando diseños geométricos. También resulta de capital importancia la constatación de algunos edificios monumentales como un pórtico de orden dórico-toscano en la zona de los Altos de Santa Ana, lo que ha llevado a algunas autores a suponer la presencia de un espacio público pavimentado con losas de caliza, tal vez con un templo, en el área donde se ubicaría posteriormente el foro provincial en el marco de una remodelación que podría interpretarse como un intento de equilibrio con respecto a la parte septentrional de la ciudad a la par que se dignificaba el acceso meridional a la ciudad. Conviene recordar que en el año 48 a. C. conocemos la existencia de una basílica en la ciudad (Bell. Alex. 53, 2) y que se ha señalado la existencia de un edificio absidado de época republicana en el área del foro colonial. Igualmente existen datos para localizar un santuario en la zona meridional pero fuera de las murallas en un área cercana al río a semejanza de lo que se observa en Roma.

Por otra parte, algunas fuentes nos han transmitido el apoteósico recibimiento que la ciudad dedicó a Q. Cecilio Metelo Pío en el año 74 a. C., que escandalizó a algunos de sus contemporáneos, y si bien es posible que no puedan relacionarse estas noticias con la existencia de lujosas casas en la ciudad, decoradas con estatuas y tapices helenísticos, sino que más bien sean testimonio de la erección de arquitecturas efímeras si bien no faltan datos arqueológicos sobre la presencia de casas de peristilo de cierta importancia en este momento, todo parece indicar que estamos ante una ciudad importante y urbanísticamente consolidada por lo que no es de extrañar que sea ahora cuando asistimos a los comienzos de la actividad de la ceca de la ciudad con la emisión de las monedas con leyenda CORDVBA, posiblemente hacia 80-79 a. C.

Además, no parece casual que esta evidente transformación en la fisonomía de la ciudad corra paralela al definitivo cese en la ocupación del asentamiento prerromano que se produce de manera progresiva y no traumática. Igualmente revelador es la concesión del estatuto colonial bien por los hijos de Pompeyo bien por el propio César.

Esta importancia de la ciudad va a volverse en cierta medida contra ella ya que si bien fue utilizada por César como lugar de reunión de los otros núcleos urbanos de la provincia, su ambigüedad política y su filopompeyanismo al final de la Guerra Civil tendrán como respuesta el brutal asedio y posterior toma de la ciudad por parte del dictador, un episodio bélico que, a decir de las fuentes, se saldó con 22.000 muertos y que a escala arqueológica parece evidenciarse en la existencia de un potente estrato de cenizas o incluso en la amortización de estructuras tal que el uso de varios tambores de fuste aparecidos en la cimentación de la muralla altoimperial.

Poco más conocemos de la ciudad en esta época a excepción de la mención de las nobilissimae carissimaeque possesiones (agros y aedificia) destruidas por el legado de César, Casio Longino, en el año 48 a. C. si bien hemos de señalar que no contamos con evidencias de asentamientos rurales en esta etapa lo que podría conectarse con la inseguridad que las incursiones lusitanas del s. II a. C., recogidas en el anónimo poema atribuido falsamente a Séneca, y con la canalización de las inversiones romanas e itálicas hacia la minería aunque es así mismo posible que se trate de una distorsión motivada por las características del registro arqueológico con la ausencia de cerámicas importadas en el medio rural teniendo en cuenta la perduración comprobada de las cerámicas “de tradición indígena” hasta épocas muy avanzadas. En este sentido, conviene recordar que sí se han documentado asentamientos rurales con producciones cerámicas de este tipo a las que se unen posteriormente cerámicas del tipo terra sigillata lo que parece testimoniar que gran parte de las propiedades se mantuvo en manos de los “indígenas” bien con plena propiedad o como possesio mientras que los inmigrantes itálicos recibirían a título individual parcelas del ager publicus sin olvidar que muchos de ellos vivirían en la propia ciudad.

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El gran cambio. La época de Augusto

El periodo augusteo representa para nuestra ciudad un momento clave, pues en él se configura la imagen urbana que perdurará a lo largo de toda la Antigüedad. El proceso de transformación urbanística, así como los principales programas edilicios y ornamentales que lo componen. han sido definidos por varios autores en fechas muy recientes. Por ello, nos limitaremos aquí a ofrecer una síntesis de lo hasta ahora conocido y publicado.

Tras la destrucción sufrida por Corduba durante la guerra de Munda, no total, pero sí intensa, en el año 45 a.C. (Bell. Hisp. 34). es probable que César ordenara el establecimiento de una colonia romana "de castigo", consecuencia de su actitud ambigua o abiertamente filopompeyana durante el conflicto, si bien el estatuto colonial tal vez fuera concedido ya en la época en que la ciudad estuvo bajo el control de los pompeyanos. Posteriormente, pero con anterioridad al 14 a.C. -tal vez en 25 a.C.- coincidiendo con la reorganización administrativa de las provincias de Hispania Augusto culminaría tales proyectos deduciendo la Colonia Patricia y asentando en ella un contingente de veteranos licenciados del ejército, a lo que aludirían tanto algunas acuñaciones de la ciudad con signa legionarios en los reversos, como la constatación epigráfica de una nueva tribu -Galeria- en la que se inscriben sus ciudadanos. La Colonia Patricia Corduba pasa a ser capital de la Provincia Baetica y del Conventus Cordubensis, afianzando de iure la preeminencia que había ostentado durante la época republicana respecto al resto de ciudades de la provincia (Plin. nat. Hist. III. 10).

Estos acontecimientos políticos deben haber jugado un papel fundamental como motor del cambio urbanístico que se documenta arqueológicamente. En efecto, en este período se constata la ampliación del recinto amurallado de la ciudad hacia el Sur, hasta prácticamente la orilla del Guadalquivir, incrementando así su extensión en 31 ha. (superficie total: 78 ha.). Probablemente la ampliación sirviera para acoger a los colonos augusteos.

La reciente investigación topográfica permite emprender estudios detallados sobre la red viaria y su modulación. Es posible, de este modo, conocer el modelo teórico de limitatio de parcelas intraurbanas en la ampliación augustea de Córdoba. El trazado del viario parte de la bifurcación del Kardo Maximus republicano en su extremo meridional, en la confluencia de la actual c/ Blanco Belmonte hacia la Plaza de Benavente. Un ramal adopta una dirección NW.-SE., coincidiendo aproximadamente con la c/ Rey Heredia. Esta "diagonalis" segrega un sector intraurbano -el suroriental- destinado a barrio de espectáculos”, reservándose aquí el espacio necesario para la edificación del teatro –que aprovecha el escarpe de la terraza fluvial- y, al Sur de él y en eje, posiblemente el anfiteatro si bien no ha sido comprobada arqueológicamente su ubicación. El segundo ramal del Kardo Maximus, que consideramos principal por encaminarse hacia el puente y la puerta allí ubicada, presenta una orientación diferente a las murallas, pero que ha quedado fosilizada en la nave central de la Mezquita Aljama. Siguiendo esta misma orientación se trazan el resto de kardines, espaciados un actus cada uno. Conocemos 5 de ellos, que corresponden, de W. a E., a la actual c/ Torrijos, nave central de la Mezquita, c/ Céspedes, Pórtico E. del Patio de los Naranjos y parcelas orientales de la c/ Caño Quebrado. Peor informados estamos respecto a los decumani, aunque los conocidos se espacian dos actus. Tendríamos así insulae de c. 35 x 70 m., aunque cabe la posibilidad de que éstas estuvieran subdivididas por otros decumani no documentados hasta ahora, midiendo entonces c. 35 x 35 m (1x1 actus). Ambas dimensiones, en todo caso, están documentadas para otras colonias romanas de época triunviral o augustea. Existe, además, una estrecha relación entre el trazado urbanístico republicano de la ciudad alta y el que se acomete posteriormente en la zona meridional: la prolongación de los kardines de la parte alta sobre la "diagonalis" (c/ Rey Heredia) y su proyección ortogonal sobre otro kardo paralelo a ésta (y situado un actus al SW.) determina los puntos desde los que parten los decumani de la ampliación augustea, con módulo de 2 actus, Esta limitatio, tan regular y de parcelas reducidas, hace sospechar un reparto viritim vinculado a la deductio de veteranos.

Al mismo tiempo que se reorganiza su interior, la ciudad se "abre" hacia el exterior, una vez concluidas las guerras civiles (provincia Baetica pacata est, se lee en una inscripción del Foro de Augusto en Roma). Capital administrativa, económica y política de un territorio provincial, es precisamente la calzada que articula este territorio, la Vía Augusta, la que vertebra también la ciudad ampliada, pues pasa a ser Decumanus Maximus (c/ Alfonso XIII) y Kardo Maximus (c/ San Álvaro, Jesús María y Blanco Belmonte). Otros indicios de apertura territorial serían la parcelación agraria (centuriatio) con la misma orientación que la documentada para algunos ejes del viario intramuros, o la presencia de suntuosos monumentos funerarios a lo largo de las calzadas que salen de las puertas úrbicas con los dos grandes mausoleos circulares documentados recientemente junto a la Puerta de Gallegos y a ambos lados de la vía Corduba-Hispalis junto con otras formas monumentales (columbarios, hipogeos, altares) que caracterizaron el paisaje funerario de la ciudad durante la etapa alto imperial.

Las calles de la ampliación augustea, y también las de la vieja Corduba (zona Norte), se dotan en estos momentos de cloacas y se pavimentan, empresa de gran magnitud, a tenor de los kilómetros de conducciones y toneladas de piedra necesarios mientras que algunas calles, también, se dotan de pórticos sobre las aceras. La red de saneamiento está sin lugar a dudas vinculada a la construcción del primer acueducto con que cuente la ciudad: el Aqua Augusta (acueducto de Valdepuentes), de probable financiación imperial. Como también lo están las fuentes públicas en las plazas y calles, que se calculan en un centenar.

Las nuevas elites coloniales se "apropian" del espacio público representativo tradicional, de manera similar a lo constatado por ejemplo en Pompeya tras la deductio silana. Así, las recientes excavaciones de la c/ Góngora han permitido comprobar intensas reformas en el viejo foro republicano, que comprenda la pavimentación de la plaza con losas de caliza micrítica gris -fenómeno éste documentado en otras ciudades por esta misma época-, la instalación en ella de fuentes públicas, la renovación de su porticado perimetral y la construcción de edificios de grandes dimensiones, alguno de ellos con un ábside, en un primer momento empleando materiales locales (calizas y areniscas) detectándose el uso del mármol a finales de la etapa augustea. Herramienta fundamental en este proceso de "colonización ideológica" del espacio urbano es la cultura epigráfica. Las elites dejan testimonio escrito, público, monumental y perenne de sus logros; a veces incluso acompañado de su propio retrato. Pedestales y estatuas proliferan en plazas, calles y edificios, las más de las veces dedicadas por el propio cuerpo de ciudadanos al político o benefactor de turno.

También las innovaciones en el campo arquitectónico contribuyeron a transformar el paisaje urbano; en especial, la introducción del mármol como material constructivo programático y la adopción de modelos romanos en el lenguaje decorativo. Algunas piezas, colosales y elaboradas en mármol de Luni-Carrara, ponen tras la pista de monumentos patrocinados directamente por el emperador, propietario de las canteras.

Sin lugar a dudas, el teatro es el monumento más emblemático de la Colonia Patricia augustea. La investigación arqueológica sobre sus vestigios, aunque en estado incipiente, permite asegurar que se trata de un edificio muy grande: 125 m. de diámetro. También peculiar resulta su diseño, por cuanto parece componerse de una cavea de forma ligeramente ultrasemicircular, según las huellas fosilizadas en el parcelario y -lo que resulta más fiable-, la simetría de las cuatro plazas aterrazadas que lo circundan desde el momento mismo de su edificación y que estaban conectadas por escaleras además de servir para acceder a los diversos niveles del edificio. Tamaño, configuración (ausencia de porticus post scaenarn desarrollada) y decoración arquitectónica (claves de arcos decorados con máscaras, superposición de órdenes), remiten a un modelo específico y claramente augusteo: el Teatro de Marcelo en Roma. La forma de la cavea, ultrasemicircular y apoyada en ladera, encuentra, sin embargo, mejores paralelos en edificios republicanos o helenísticos. Tal vez podría proponerse como modelo el proyecto cesariano de teatro adosado al monte Tarpeyo, nunca realizado (Suet. Caes. 44), que habría unido la "nueva Roma" del Campo de Marte (Estrab. Geog. V, 8) con el tradicional capitolio. Al menos conceptualmente existe una similitud, por cuanto el complejo aterrazado a los lados del teatro patriciense sirve para suturar urbanísticamente la vieja Corduba con la nueva Colonia Patricia.

En cualquier caso, debe repararse en que tanto el peculiar modelo como el tamaño lo alejan de otros edilicios hispanos construidos por evergetas locales (v.g. Itálica, Acinipo, Malaca). Si a esto añadimos que los teatros existentes en las otras dos capitales provinciales augusteas -Emerita y Carthago Nova- presentan un menor tamaño y fueron, no obstante, edificados por familiares directos del Princeps (por Agripa y por sus hijos Gayo y Lucio Césares, respectivamente), no parece descabellado proponer una financiación imperial para el cordobés.

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La época alto-imperial

Si la época augustea supone un episodio decisivo en el desarrollo urbanístico de la Córdoba romana, la fase altoimperial se constituye como un momento de consolidación y desarrollo del proceso comenzado entonces. Los datos arqueológicos demuestran que la etapa que se extiende entre la época de Augusto y los finales del s. III d. C. es la más floreciente de la Colonia Patricia desde todos los puntos de vista. Evidentemente, debe tenerse en cuenta que una ciudad no se finaliza en una sola generación por lo que algunos de los proyectos diseñados en época augustea se culminarían con posterioridad. Tal es el caso de uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, el teatro, cuya decoración se finalizó en época julio-claudia e incluso se observa la presencia de ciclos icónicos imperiales que todavía estaban completándose en época de Antonino Pío cuando también se fechan otras piezas escultóricas. Algo similar ocurre con las murallas que en algunos puntos del lienzo meridional fueron edificadas en época de Tiberio.

De importancia capital va a ser la continuación de la actividad de los evergetas, cuyos esfuerzos para ornar y embellecer la ciudad habían ya comenzado en época augustea. Estas elites locales aceptaron muy pronto los patrones y modelos de la capital como se pone de manifiesto, entre otras cosas por la creciente “marmorización” de la ciudad. En efecto, asistimos ahora a la extensión del uso del mármol lo que permitió la elaboración de una gran cantidad de piezas de decoración arquitectónica, algunas de ellas obras de gran altura técnica y que se inspiraban directamente en los modelos de Roma, y la creación en la propia ciudad de talleres. De nuevo, resulta esclarecedor el que la mayoría de estas piezas se fechen entre los siglos I-II, fenómeno paralelo al que nos indican los programas de decoración escultórica.

Durante la etapa altoimperial se produce la consolidación y transformación de los principales espacios públicos de la ciudad, planificados y concebidos ya en época augustea, al tiempo que asistimos a la creación de otros, dentro de un fenómeno de proliferación de espacios públicos en las ciudades provinciales a partir del modelo de la propia Roma que, en el caso de la Colonia Patricia, la llevaría a contar nada menos que con cinco plazas.

En primer lugar, debemos reseñar el “foro colonial”, destinado a los asuntos propios de la ciudad y heredero del viejo foro republicano. El análisis conjunto de los datos arqueológicos y epigráficos permite esbozar el proceso de su consolidación definitiva desde época augustea hasta el s. IV.

En relación con este foro debió estar un forum novum o adiectum, localizado al Sur del mismo y construido en época de Tiberio. Este espacio estaría estructurado en torno a un gigantesco templo, del que se han hallado restos de la cimentación del podium y que tenía columnas de 1,40 m de diámetro, encuadrable así mismo en las tendencias de la arquitectura religiosa de la propia Urbs, y que podría identificarse como el posible templo de culto imperial de la colonia rodeado de una plaza pavimentada de nuevo con losas de caliza micrítica.

Del programa decorativo de esta plaza formarían parte la magnífica estatua colosal de la Colección Tienda, recientemente identificada con Eneas portando a su padre Anquises, de nuevo en el marco de la impregnación en las provincias de los modelos, en este caso escultóricos, del Foro de Augusto, y, posiblemente, un conjunto de doce togados de gran calidad fechados en época claudia.

Con un posible Augusteion se ha relacionado un área sacra o atrio localizado en la zona conocida como Altos de Santa Ana, junto al Kardo Maximus y a escasa distancia del teatro, sector de donde procede un conjunto de retratos de Tiberio y Livia, estatuas honoríficas y vestigios de un posible culto a Diana y Apolo.

Ya en la ampliación augustea de la ciudad, el programa de monumentalización tiberiano y primoclaudio se hizo patente con dos proyectos que transformaron la fachada del río. A la conclusión de la construcción de las murallas bajo Tiberio se sumó, ya en tiempos de Claudio, la erección de una monumental puerta de triple vano en el puente, de los que el central daba acceso a éste en tanto que desde los laterales, mediante sendas escalinatas, se descendía hasta un dique o embarcadero que discurría a lo largo de todo el frente meridional de la ciudad. Al interior de la ciudad, nada más flanquear la puerta, se dispuso una plaza porticada en cuyo ángulo Noreste desembocaba el Kardo Maximus. La monumentalización de este acceso a la ciudad debió estar íntimamente relacionada con el tráfico fluvial y con las actividades comerciales que se desarrollarían en las proximidades de un puerto que incrementaría su actividad en relación directa con el desarrollo económico vivido por la ciudad durante el s. I d.C.

El principal programa arquitectónico concebido en época julio-claudia lo constituye el complejo religioso de la calle Claudio Marcelo, que se estructura en torno a un gran templo hexástilo y pseudoperíptero con un ara cuadrangular delante, rodeado por una plaza con triple pórtico de 77 m de anchura, levantados ambos sobre una gran plataforma artificial de 10 m de altura que servía para salvar el acusado desnivel natural existente en la zona. Para sostener los empujes de los rellenos que la constituían, se utilizó un complejo e interesante sistema constructivo muy similar a las anterides vitruvianas, un conjunto de contrafuertes de planta trapezoide con el lado mayor hacia la fachada principal del conjunto, la oriental. De esta forma, se configuraba un grandioso espacio arquitectónico que debía determinar la imagen de la ciudad desde la vía procedente de Cástulo. Con respecto a este gran conjunto, uno de los problemas más discutidos por la investigación ha sido el de su cronología. En el momento actual, creemos que los análisis estratigráficos demuestran, sin lugar a dudas, que el templo comenzó a construirse en el reinado de Claudio si bien cabe admitir un plazo de tiempo hasta la finalización del edificio rodeado por la plaza.

Cabría dentro de lo posible que ya en el proyecto augusteo estuviera diseñada la organización de este sector de la ciudad, pero, de confirmarse su vinculación con el culto imperial, parecería más adecuado concebir el conjunto como una exigencia urbanística posterior, máxime si tenemos en cuenta la envergadura de la obra y el desplazamiento hacia el Norte de la Vía Augusta, documentado arqueológicamente en la zona de la Manzana de San Pablo y fechado precisamente en época de Nerón, no debiendo tampoco olvidar la existencia de una cloaca, fechable en época augustea, cortada precisamente por los cimientos de la cella. También conviene recordar que, para su construcción se amortizaron estructuras domésticas, de cronología republicana, así como se hubo de derribar parte de las murallas. Iguales consideraciones, se pueden hacer con respecto al forum novum, que igualmente amortiza edificaciones domésticas y que no estaría previsto en los planes augusteos de ampliación de la ciudad ni mucho menos en la etapa fundacional.

A diferencia de la decoración arquitectónica, muy poco es lo que conocemos del programa escultórico que, sin duda, debió ornar este gran complejo religioso. Además de constatar la existencia de cinco esculturas, entre las que se destaca una femenina, la única identificada, de tamaño mayor que el natural y dispuesta sobre un basamento, y dos estatuas de bronce, una de ellas ecuestre, merece la pena mencionar una gran estatua femenina vestida, fechable precisamente en época claudia o neroniana, que podría interpretarse, a título de hipótesis, como una de las imágenes de culto del templo, identificación que podría hacerse extensiva a la otra pieza mencionada, también femenina.

Con todo lo dicho resulta evidente que, a finales de la época julio-claudia o comienzos de la flavia, la Colonia Patricia se vio dotada de un tercer gran recinto público cuya relación con los otros dos resulta problemática. Ahora bien, en este sentido resulta de capital importancia la existencia de un circo en la zona de la manzana de San Pablo. Esta hipótesis fue defendida en principio a partir de la evidencia epigráfica puesto que conocíamos la existencia de una inscripción (CIL II2/7 284) que, según los manuscritos del s. XV, fue hallada prope hippodromum dato al que habría que unir el topónimo “La Corredera” aplicado a los terrenos situados al Sur de la llamada manzana de San Pablo, inmediatamente al Este del templo, documentado poco después de la conquista cristiana y que parece hacer referencia a un lugar destinado a correr caballos. De esta forma se explicaría la tantas veces señalada posición “excéntrica” del templo y la plaza circundantes, de espaldas a la ciudad.

Las últimas excavaciones arqueológicas efectuadas en este sector de la ciudad han permitido comprobar la existencia del edificio de espectáculos y conocer con mayor profundidad el ambicioso programa edilicio desarrollado que tuvo como resultado la configuración de un esquema urbanístico compuesto por el templo, una terraza intermedia con un sistema de acceso a la plaza del mismo todavía por definir y, finalmente, la terraza del circo, esquema que tiene su más cercano paralelo en el ámbito hispano en el foro “provincial” de Tarragona, diseñado en época flavia precisamente en relación con el culto imperial provincial, interpretación ésta que creemos puede aplicarse al caso de Córdoba donde el conjunto resultante puede ser considerado un auténtico centro de culto imperial. La diferencia más evidente es la disposición del circo que, por razones de topografía, se edificó siguiendo el eje longitudinal del templo y en paralelo a la Via Augusta.

Evidentemente, un programa urbano de tal magnitud se realizó a lo largo de un cierto lapso de tiempo de tal manera que si las obras del templo y de la plaza o terraza intermedia se iniciaron en el reinado de Claudio, el graderío Norte del circo se edificó en la época de Nerón coincidiendo con la amortización de la “Via Augusta Vetus” desplazándose hacia el Norte el acceso a la ciudad a fin de permitir la construcción del circo y ganar altura para monumentalizar dicho acceso. La finalización de las obras puede datarse, probablemente, en tiempos de Domiciano, cuando se fecha un nuevo acueducto para abastecer este sector de la ciudad.

Esta asociación entre templo de culto imperial, plaza pública y circo está constatada así mismo en la epigrafía. En efecto, una inscripción (OGIS 533) procedente de Ancyra, actual Ankara, menciona en conexión con el culto a Roma y Augusto desarrollado por el koinon de la provincia de Galatia, la relación precisamente entre templo, plaza de celebraciones e hipódromo. Además, en algunos complejos forenses provinciales, como Narbona y Lyon, se reconoce la asociación en este caso con anfiteatros. Esta relación entre edificio de espectáculos y complejos ceremoniales podría paralelizarse con la que espacialmente se establecen entre santuarios, conjuntos forenses y teatros y debe ponerse en relación así mismo con la presencia constante de juegos en las ceremonias religiosas en la zona oriental del Imperio y el desarrollo de los sacra Augustalia que comporta la celebración de ludi. Se testimonia así que nos encontramos ante un esquema urbanístico consolidado que tiene sus precedentes, por referirnos sólo a la época imperial, nada menos que en la propia Roma y desde la época de Augusto con el esquema definido por la casa del propio emperador, el templo de Apolo y el Circo Máximo, esquema heredero de la estructura simbólica y espacial de los palacios helenísticos.

Por razones que por el momento no es posible aventurar, el circo oriental fue desmantelado hasta la base de los cimientos en el último cuarto del s. II d. C. construyéndose otro al Oeste de la ciudad, al Sur de la Avenida de Medina Azahara, dato éste de primordial importancia para comprender la ubicación del posterior palacio imperial de Cercadilla.

Otro de los fenómenos urbanísticos más importantes que se producen en la etapa alto imperial es el crecimiento de la ciudad fuera del recinto amurallado. Diversas excavaciones han revelado la existencia de barrios –vici- tanto al Norte como al Este y Oeste, barrios que se organizaron en torno a una red viaria bien definida, al menos en lo que respecta al área occidental, con calles e insulae que albergaban casas pavimentadas con lujosos mosaicos. En cuanto a la cronología inicial de estas áreas, una excavación desarrollada en la calle Maese Luis parece indicar que ya en época augustea el tejido urbano había trascendido las murallas, al menos en la zona oriental, aunque puede tratarse de una ocupación sin densidad surgida a lo largo de una vía. En lo que respecta al vicus septentrional se documenta la existencia de una necrópolis de incineración debajo de las estructuras siendo de destacar la existencia de una herma con inscripción fechada a inicios del s. II, dato éste que, unido a algunos indicios estratigráficos, parecen situar en época flavia los comienzos de la ocupación en este sector, cronología coincidente con la que podemos atribuir al vicus occidental, siendo un elemento a considerar la construcción de un segundo acueducto.

Hay que señalar que el que algunas inscripciones funerarias, que pueden fecharse a finales del s. II e incluso en los inicios del s. III, parecen indicar la coexistencia de áreas de habitación y funerarias al menos hasta ese momento y, posiblemente, hasta los inicios del s. V cuando, según se deduce de las excavaciones realizadas en el Paseo de la Victoria, la zona se abandona a excepción de su uso como necrópolis. Se comprueba así una de las características comunes en la relación entre espacios de habitación y espacios funerarios con el establecimiento de una relación “orgánica” puesto que la ciudad “respira”, se contrae o crece según los momentos.

Debemos hacer también mención de cómo en época flavia los complejos programas urbanísticos que estaban llegando a su conclusión, unidos a la expansión de la ciudad fuera de las murallas, exigieron la realización entre el 81 y el 96 d. C. de un nuevo proyecto de abastecimiento de agua a la ciudad, el Aqua Nova Domitiana Augusta, más monumental que el viejo acueducto augusteo si bien conducía un menor caudal de agua.

Igualmente tenemos testimonios que nos indican cómo estos ambiciosos programas urbanísticos no se limitaron al ámbito estricto de la ciudad sino que conocemos las actuaciones emprendidas en esta época en lo que respecta a las infraestructuras públicas en el territorium de la ciudad pudiendo mencionar que recientes excavaciones han permitido fechar el llamado puente del arroyo de Pedroches, en el trazado de la Via de Corduba a Emerita Augusta, durante los reinados de Tiberio o Claudio, cronología que es posible aquilatar ante la existencia de un miliario fechado en los años 35-36 d. C.

De esta manera, la Colonia Patricia y su entorno inmediato alcanzaron un nivel muy elevado de desarrollo urbano con la continuación de los programas augusteos y la realización de nuevos proyectos que respondieran al crecimiento demográfico y urbano de la ciudad. A finales del s. III asistiremos a una serie de transformaciones que cambiarán radicalmente la imagen de la ciudad.

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Entre la Antigüedad Clásica y el Islam:
La configuración de un nuevo modelo de ciudad en la época bajoimperial y tardoantigua

Será ya a lo largo del s. III cuando empiecen a advertirse los primeros síntomas de lo que será la transformación de la ciudad en época bajoimperial y tardoantigua, acusada incluso en los espacios públicos. De este modo, en el ubicado en los Altos de Santa Ana, y en lo que hasta entonces había sido espacio abierto, se construye un nuevo edificio. Esta construcción, posible recinto de culto dedicado a Diana, incorpora ya elementos reaprovechados, de manera que su pavimento está constituido por una serie de losas de cipollino procedentes de la reutilización de fustes de columnas. Muy poco después, en el s. IV, el edificio se abandona y el carácter público de este espacio desaparece, siendo ocupado por una sencilla construcción de carácter doméstico.

Algo similar ocurre en otro de los más destacados espacios públicos de la ciudad altoimperial, como es el templo de la calle Claudio Marcelo. En un momento avanzado del s. III. o mejor ya dentro del s. IV. el pórtico que rodeaba el templo había perdido parte de las columnas que lo sustentaban y parte de su enlosado. Algunos de los materiales procedentes de esta estructura fueron reutilizados para confeccionar la cubierta de una cloaca. Como ocurría en el caso anterior, en el s. IV -hacia la segunda mitad-, nos encontramos con que este importante enclave de la ciudad ha perdido totalmente su función primigenia y se ocupa con nuevas construcciones, también de carácter doméstico.

Una circunstancia análoga vuelve a repetirse en el fastuoso complejo urbanístico que rodeaba al teatro construido en época altoimperial. Aquí se ha comprobado que en un momento avanzado del s. III o de inicios del s. IV, dejan de realizarse las labores de mantenimiento necesarias para el buen uso de este espacio, sin que en el estado actual de la investigación haya constancia de la incorporación de construcciones de carácter doméstico en lo que fueron amplios espacios abiertos de carácter público, situados en torno al mencionado edificio de espectáculos, al menos hasta los siglos VI-VII.

En este caso existen razones muy concretas que explican el proceso puesto que se han detectado evidencias de un terremoto, fechado en torno a 260-280, que afectó gravemente no sólo al teatro sino incluso a zonas adyacentes tal y como se ha observado en las recientes excavaciones desarrolladas en el Colegio de Santa Victoria.

Ahora bien, no ocurre lo mismo en el conocido como foro colonial. En este caso no contamos con información estratigráfica suficiente para discernir cuál era la situación de este espacio en estos momentos, si bien contamos con la documentación proporcionada por el ambiente epigráfico, conformado por ciertos pedestales honoríficos destinados a soportar sendas estatuas, dedicadas a diversos emperadores del s. IV por importantes funcionarios de la administración de la diócesis.

Hasta hace poco tiempo, y ante la ausencia de otros criterios, este proceso de abandono de gran parte de las áreas públicas de la ciudad se había achacado a la crisis de las instituciones ciudadanas o, sobre todo, a la pérdida de la capitalidad de la provincia en favor de Hispalis durante el s. IV. Sin embargo, el reciente hallazgo del conjunto palatino de Cercadilla permite replantear la cuestión en nuevos términos.

Sin duda la construcción del palacio supuso una importante transformación de la ciudad, tanto en lo referente a la distribución de los espacios representativos, como en lo concerniente a su propia imagen. Desde el punto de vista de las formas arquitectónicas, el edificio, bien conocido en la actualidad gracias a numerosas campañas de excavación arqueológica, destaca primordialmente por sus considerables dimensiones -más de cuatrocientos metros de longitud por doscientos metros de anchura, y por la originalidad de su diseño. Su planta se organiza gracias a un criptopórtico semicircular, en tomo al cual se distribuyen las distintas estancias que conforman el conjunto, caracterizadas por la incorporación de grandes salas de recepción o audiencia. De ellas cabe destacar muy especialmente aquélla situada en la cabecera del eje, pues su imagen está directamente relacionada con la propia de las salas de audiencia imperial de época tetrárquica, con su paralelo más cercano en el aula palatina de Trier.

Del análisis de las distintas evidencias existentes en relación con el monumento se deduce que el edificio en su concepción original constituyó el palacio y sede del emperador Maximiano Hercúleo, en relación con su presencia en Hispania entre los años 296-297 y con los preparativos de la campaña pacificadora que inmediatamente después le conduciría al Norte de Africa. Ello supondría el último "impulso oficial" que habría recibido la ciudad, antes de adentrarse en la Antigüedad Tardía.

En lo referente a las relaciones del palacio con la ciudad, uno de los muchos aspectos que llaman la atención respecto a este edificio es su disposición fuera del recinto amurallado. La razón de esta elección radica en la presencia de un circo preexistente situado inmediatamente al Sur, en los terrenos ocupados por la Facultad de Veterinaria y su entorno, que habría condicionado la construcción del nuevo edificio en las inmediaciones, siguiendo las pautas habituales en los grandes complejos palatinos de época tetrárquica. A su vez, el palacio habría englobado al antiguo edificio de espectáculos en el nuevo complejo, procediéndose con toda probabilidad en este momento a su reconstrucción o monumentalización.

A raíz de la constatación de que el circo oriental de Colonia Patricia fue desmantelado a finales del s. II d. C. resultaba evidente que la ciudad debió de contar con un segundo edificio de este tipo puesto que existían evidencias de ello tal que una inscripción que menciona como L. Iunio Paulino, flamen de la provincia, costeó numerosas estatuas, representaciones de teatro, juegos de gladiadores y carreras en el circo a finales del s. II o ya en el s. III, así como un mosaico con representación de un auriga victorioso datable en la primera mitad del s. III.

En relación con la localización de este segundo circo en el área próxima al palacio de Cercadilla contamos con diversos testimonios y argumentos, de los que cabe resaltar especialmente:

- Las estructuras localizadas por Santos Gener en terrenos de la Facultad de Veterinaria, ya identificadas como probablemente pertenecientes a un circo.

- Los datos proporcionados por el análisis minucioso de la cartografía antigua de la ciudad, en concreto en lo referente al plano diseñado en 1884 por Dionisio Casañal, en el que, para la zona que nos ocupa, se observa una vaguada de forma elíptica que en buena medida altera el suave declive natural del terreno en dirección Sur y cuyas dimensiones y forma son muy similares a aquéllas habitualmente adoptadas por los circos.

- La ubicación y orientación del tramo actualmente conocido del tercer acueducto con que contó la ciudad, cuyo trazado apunta claramente hacia el lugar donde presumiblemente se ubicaba el circo, cuestión por otra parte lógica si tenemos en cuenta el juego de agua que a través de surtidores y estanques se desarrollaba normalmente en la spina, completando la fisonomía habitual de este tipo de edificios de espectáculos. Este acueducto debió así mismo de suministrar agua al vicus occidental de la ciudad que conoce una fuerte expansión, a costa de espacios funerarios, precisamente a finales del s. Ii d. C.

No obstante y a pesar del impulso revitalizador que supuso la creación del complejo palacio-circo para la Córdoba bajoimperial, lo cierto es que entre los siglos III y IV la ciudad se ve sumida en una transformación progresiva, que anuncia los nuevos cambios que traerá consigo la Antigüedad Tardía. En este sentido, las labores de mantenimiento que permitían el buen uso de la infraestructura urbana, poco a poco dejan de realizarse, ya no se sanean las cloacas, que empiezan a colmatarse paulatinamente, del mismo modo que los pavimentos de las calles comienzan a deteriorarse, desapareciendo parte de su enlosado, etc.

Algo muy similar ocurre con la edilicia privada. Muy pocas son las nuevas casas que se construyen a partir de estos momentos. Las evidencias con que contamos al respecto se reducen en gran medida a los mosaicos. A partir de estos elementos se puede observar que durante el s. III existe todavía una considerable actividad edilicia, que se ve ya muy mermada una vez iniciado el s. IV. La tónica general para estas fechas sería sin duda la perduración y reutilización de las casas de los siglos anteriores.

No obstante, la degeneración de la vivienda aumenta progresivamente, de manera que, ya en el s. V, se ocupan los pórticos de las calles con sencillos espacios de habitación. Del mismo modo, a partir de estos momentos las construcciones presentan una progresiva degradación técnica, recurriendo en gran medida a la reutilización en precario de todo tipo de materiales procedentes de las edificaciones anteriores.

En contra de lo que en ocasiones se ha pensado, esta degradación, o mejor, transformación del espacio urbano, no está motivada tanto por la presencia directa bárbara en Hispania a partir de principios de siglo habida cuenta además de la fuerte tradición hispanorromana cordobesa-, como por otras razones derivadas de esta presencia, como son la pérdida del control político y administrativo del centralismo imperial, la decadencia de las instituciones municipales y, muy unido a ello, la desaparición del evergetismo.

Este proceso va unido también al paulatino despoblamiento del espacio intramuros. Poco a poco desciende el número de ciudadanos afincados en terreno urbano y grandes áreas de la ciudad quedan sin edificar, utilizadas posiblemente como simples huertas o vertederos. Como consecuencia de ello, en el siglo VI nos encontramos con un fenómeno que pocos siglos antes habría sido inadmisible: la aparición de enterramientos en el interior del recinto amurallado, en especial en el sector Norte de la ciudad.

La presencia de enterramientos en la zona Norte del perímetro amurallado está directamente relacionada con la concentración de los nuevos centros de poder de la ciudad tardoantigua en la zona Sur, en las inmediaciones del río, en especial en lo que se refiere a la construcción del palacio del gobernador visigodo en el solar que posteriormente ocupará el alcázar omeya y de la basílica de San Vicente en el lugar que más tarde ocupará la Mezquita Aljama. El abandono de la zona más alta del recinto intramuros, el núcleo fundacional, más fácil de defender, en favor de la aproximación al río, puede deberse al importante papel que todavía podría estar desempeñando en estos momentos el río en la vida de los ciudadanos o, sobre todo, al interés estratégico que conlleva la protección del puente inmediato.

Ya en otro orden de cosas, no se debe soslayar la incidencia y repercusión que supuso la implantación y propagación del cristianismo, a través de sus diferentes manifestaciones, en la imagen de la ciudad. Sin duda la difusión de este culto experimentó un importante desarrollo en la Córdoba del s. IV. Prueba de ello es la propia figura de Osio, obispo de Córdoba, que tras las persecuciones tetrárquicas desempeñó un destacado papel en la difusión y consolidación del cristianismo en el Imperio -con sus consecuentes implicaciones políticas-, al convertirse en mentor de Constantino. A ello habría que añadir el importante grupo de sarcófagos del s. IV localizado en Córdoba, alguno de ellos procedente de la zona de Cercadilla, uno de los conjuntos más relevantes de la Península Ibérica, importados de la propia Roma, posiblemente corno flete de retorno de los barcos que conducirían a la Urbs los productos béticos. Estos sarcófagos dan fe de la existencia de una sólida aristocracia cristianizada en la Córdoba del s. IV, que constituye el sustrato de aquella otra que, abanderada por la oposición al arrianismo visigodo, mantendrá viva la tradición hispanorromana y su independencia hasta un momento avanzado del s. VI.

De las iglesias construidas en la ciudad, elemento fundamental para el estudio de la implantación del culto y de la "cristianización" de la topografía urbana, prácticamente nada sabemos para los primeros momentos, así que es necesario remontarse a un momento más avanzado para perfilar someramente su distribución. En el interior del recinto amurallado indudablemente el enclave principal era la basílica de San Vicente, próxima al palacio visigodo y en las inmediaciones del río. También es posible que existiera otro recinto de culto hacia la zona central de la ciudad, en los aledaños de la actual Plaza de las Tendillas, donde aparecieron multitud de ladrillos decorados y una inscripción relacionada quizás con la fundación del mismo templo.

Del mismo modo, un conjunto importante de ladrillos decorados, con la inscripción Marciane/Vivas in (Christo), se ha recuperado también en el cuadrante SW de la ciudad (c/ Buen Pastor), donde también se puede presumir la presencia de una iglesia, fechable entre los siglos V y VI.

A ello habría que añadir el reciente hallazgo de un nuevo edificio de culto en el cuadrante SE de la ciudad, en el antiguo convento de Santa Clara. Según los excavadores, nos encontramos ante una iglesia de planta de cruz inscrita, similar a otras de Constantinopla, Rávena, Palestina y, sobre todo, a la basílica de Sa Carrotxa. La misma planta aplicada, así como la decoración de uno de los mosaicos del edificio, fechado en los comedios del s. VI, han permitido suponer una fuerte influencia bizantina para el edificio.

Fuera del recinto amurallado también se construyeron algunas iglesias, a las que se asocian sendas necrópolis densamente ocupadas. Ello supone una importante transformación de la concepción y función del espacio extramuros, de modo y manera que, frente al uso funerario y doméstico -con la creación de varios vici- que experimentara en épocas precedentes, se introduce ahora un novedoso uso, como es el cultual, con la incorporación de las iglesias. Los nuevos centros de culto determinarán y polarizarán además la distribución de buena parte de las necrópolis de época tardoantigua, anteriormente distribuidas en torno a las vías.

En relación con estos edificios, en el sector Este podemos identificar un primer espacio cultual en la zona ocupada por la actual iglesia de San Pedro y aledaños, tradicionalmente asociada con la iglesia de los Tres Santos -Fausto, Genaro y Marcial-. En este mismo lugar apareció en el s. XVI una cripta y una inscripción, fechada en los siglos VI-VII, que alude a las reliquias de los mártires Fausto, Genaro, Marcial, Zoilo y Acisclo, y donde también existe constancia de la aparición de un "cementerio paleocristiano”.

Más interesantes son los vestigios con que contamos para el sector Norte. En la zona de la Huerta de San Rafael se dispone una importante necrópolis que tiene su origen en época tardorrepublicana-julioclaudia, de la que procede el famoso sarcófago con la representación de las puertas del Hades. El uso "aristocrático" de esta necrópolis viene a ser confirmado por la presencia allí en época constantiniana del sarcófago paleocristiano con las representaciones del episodio de Jonás y la ballena, junto a otros enterramientos sencillos, también de época avanzada, en los que incluso se reutilizan elementos arquitectónicos de construcciones anteriores y que evidencian la ocupación de este espacio funerario por otros grupos sociales. Algo más al Sur, en el Convento de la Merced, en las inmediaciones de la puerta que conectaba con el que fuera el Kardo Maximus, se conserva una estructura de carácter hidráulico, que quizás pudiera formar parte del baptisterio de una iglesia que se habría ubicado en el mismo lugar.

El panorama de las necrópolis y de los nuevos espacios de culto de la ciudad se ve finalmente completado con aquéllos situados en el extremo Oeste. En primer lugar habría que hacer referencia a la aparición de varios enterramientos y gran cantidad de ladrillos decorados en los terrenos ocupados por la fundición la Cordobesa, que en otro tiempo estuvo situada junto a la Facultad de Veterinaria. De los otros tres recintos localizados al Oeste, podríamos citar en primer lugar el propio palacio de Cercadilla, que se reutiliza como centro de culto cristiano en lo que muy probablemente constituyó la iglesia martirial de S. Acisclo, la necrópolis localizada en el Cortijo de Chinales, asociada a algunos vestigios de un edificio interpretado como basílica y, por último, los vestigios -en este caso sólo funerarios localizados en el cementerio de Nuestra-Señora de la Salud , ya en las proximidades del río.

Muy poco más es lo que conocemos de la ciudad especialmente durante la etapa tardoantigua a excepción de la zona de Cercadilla donde se ha podido documentar una importante secuencia estratigráfica ininterrumpida así como las transformaciones, ya señaladas, que sufre parte del palatium para su adaptación como edifiico de culto cristiano y, tal vez, palacio episcopal, proceso en el que la figura del cordobés Osio juega un papel fundamental.

Ésta es, pues, la imagen de la ciudad en el momento de la conquista islámica, una ciudad que ha perdido sus espacios públicos tradicionales a favor de otros de distinto carácter acompañado todo ello de la “cristianización” de la topografía y cuyos centros de poder, a excepción del complejo de Cercadilla, se localizan en la zona Sur de la ciudad, cerca del puente y el río, mientras que en otros sectores se observan síntomas de despoblamiento y abandono. Debemos, por último, recordar que los elementos heredados de la ciudad tardoantigua (vías, necrópolis, centros de culto y los barrios surgidos en torno a ellos así como el área de control político religioso meridional) serán elementos de capital importancia para entender la “islamización” de la ciudad junto con factores nuevos, puramente islámicos, como las fundaciones pías (mezquitas y cementerios) y las almunias. El proceso, como es sabido, alcanzará su cenit cuando en el año 929 d. C. ‘Abd al-Rahman III se proclama Califa.

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Tras un dilatado periodo de tiempo en el que Córdoba mantiene un papel secundario respecto a otras ciudades hispanas en la consolidación y desarrollo de la monarquía visigoda, la ocupación islámica de la península ibérica supone una recuperación de su protagonismo como nueva capital de al-Andalus. Esta circunstancia marcará su desarrollo durante la primera etapa de dominio islámico, como sede de la dinastía Omeya andalusí.

Pero paradójicamente –y pese a este esplendor recordado en todo el mundo islámico con un cierto halo legendario y a la riqueza y diversidad de los testimonios escritos y materiales que nos han llegado–, el desarrollo de la investigación arqueológica sobre este periodo aún dista mucho del nivel de conocimientos alcanzado para el mundo clásico cordobés.

En ello han influido varios factores dignos de ser tenidos en cuenta:

- Por un lado, la propia evolución historiográfica de la arqueología andalusí y, más concretamente, de la cordobesa, especialmente en el marco académico y universitario. Las figuras aisladas de Félix Hernández o Manuel Ocaña resultaron hitos aislados que no tuvieron continuidad en el desarrollo de la arqueología medieval cordobesa. Por otro lado, la línea potenciada desde la Universidad, carente de un bagaje científico vinculado al mundo andalusí y prácticamente monopolizada por investigadores formados en el profundo conocimiento de la etapa clásica, agudizó estas diferencias.

- Aunque resulte aparentemente contradictorio, uno de los graves lastres con los que ha cargado la arqueología islámica en Córdoba es el absoluto protagonismo de su edificio más emblemático: la mezquita aljama. La trascendencia de esta singular construcción y su peso en el conocimiento del arte hispano-musulmán han ensombrecido cualquier intento de aproximación arqueológica a otros aspectos significativos de la vida andalusí. De hecho, hasta principios del siglo XX no se inicia la recuperación de la ciudad palatina de Madinat al-Zahra, que desde esos momentos se erige como otro de los pilares fundamentales en el desarrollo de la arqueología islámica en España. El estado de conservación de la mezquita, pese a las sucesivas intervenciones de restauración llevadas a cabo en el edificio, lleva a no considerar su estudio desde perspectivas arqueológicas hasta fechas muy recientes –con la excepción de las excavaciones efectuadas por Félix Hernández en la década de 1930–, recurriendo al análisis puramente estilístico de su arquitectura, por otra parte totalmente necesario.

- La otra gran rémora, aunque resulte sorprendente tal afirmación, es precisamente la abundancia de información escrita relacionada con la ciudad, su fisonomía y su historia. Como ha venido sucediendo de manera recurrente en la investigación sobre el periodo medieval hispano, la riqueza y diversidad de información escrita ha sido el pretexto esgrimido con el fin de atribuir a la arqueología un papel marginal para el conocimiento histórico de este periodo, limitando su papel a la confirmación y contraste de la información aportada por los textos y a aportar, en el mejor de los casos, repertorios de objetos “propios de la vida cotidiana”.

- Por último, las estructuras y niveles arqueológicos de época islámica han sido los que han sufrido en mayor medida el arrasamiento originado por la superposición urbana, sobre todo, a raíz de las reformas urbanísticas de época bajomedieval y moderna.

 

En definitiva, el estado de conocimientos sobre la Córdoba islámica resulta aún bastante embrionario, no tanto por la ausencia de documentación o por el menor bagaje historiográfico –algo achacable a toda la arqueología medieval española, en general–, sino, sobre todo, por la ausencia de un planteamiento adecuado; esto es, el reconocimiento de las posibilidades que la labor de investigación arqueológica tiene para el conocimiento de la historia de la ciudad y su territorio.

No obstante, los resultados aportados por las numerosas y recientes intervenciones arqueológicas en suelo urbano y su entorno están rellenando las numerosas lagunas que teníamos al respecto y nos permiten trazar un rápido recorrido por los más de cinco siglos de ocupación islámica de Qurtuba.

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La Conquista y las primeras instalaciones islámicas.

El propio episodio de la conquista de Córdoba por las tropas islámicas dirigidas por Mugit al-Rumi, lugarteniente de Tariq ibn Ziyad, es una clara muestra de la situación de la ciudad en epílogo del reino visigodo. Los problemas internos de la monarquía con sede en Toledo y las luchas internas con una aristocracia cada vez más poderosa e independiente habían supuesto una cierta dejación de las labores de gobierno y del mantenimiento de las infraestructuras básicas de la ciudad. La fácil y rápida conquista del territorio hispano es una buena muestra de esta situación.

Así, la narración que se hace en el Ajbar maymuá de la conquista de Córdoba en octubre de 711 a manos de Mugit muestra el precario estado en el que se encontraban las murallas y el propio puente mayor, esencial para la comunicación con el resto de centros urbanos visigodos. Igualmente, se deduce de estos textos la definitiva instalación del centro político y religioso en el sector sudoeste de la ciudad amurallada. El papel estratégico que había caracterizado históricamente al solar cordobés queda de manifiesto con la elección de este enclave como capital de los territorios peninsulares en 717, inicialmente dependiente del gobernador de Ifriqiya, al-Hurr, instalado en Kairuán (Túnez). Dentro e esta función estratégica, uno de los principales valores de la ciudad es la existencia del puente mayor, una obra de ingeniería de época imperial romana que permitía la comunicación desde el centro del Valle del Guadalquivir con el resto de ciudades del incipiente al-Andalus. No obstante, el deteriorado estado de conservación de dicha construcción, incluso se afirma que “no existía puente ninguno en Córdoba”, obliga al nuevo gobernador, al-Samh, a afrontar su reconstrucción entre los años 719 y 720, siguiendo las instrucciones del califa Umar, empleando para ello piedra de la propia muralla.

Durante la primera etapa de ocupación islámica, conocida como waliato, bajo la administración de los gobernadores dependientes de Damasco, no se documentan grandes obras en la ciudad. En lo esencial se mantiene la población concentrada en el interior del recinto amurallado coincidente en sus líneas generales con el de la ciudad romana altoimperial. Esta será la Madina o ciudad propiamente dicha, en cuya conformación espacial encontramos una cierta continuidad con la ciudad visigoda. Una de las primeras actuaciones acometidas por el nuevo poder político es la ocupación efectiva de los antiguos espacios de poder. Así, se reocupan y acondicionan las instalaciones y edificios heredados de la etapa anterior, con especial incidencia en la disposición de los centros de poder político (Alcázar, Qasr o Dar al-Imara) y sobre las construcciones del anterior palacio visigodo. De este modo, el núcleo más importante de la ciudad se concentra en la parte meridional, inmediatamente adyacente a la Puerta del Puente. La necesidad de consolidar las estructuras de poder provoca la utilización de esta inicial política de apropiación de determinados símbolos arquitectónicos que, sin embargo, no siempre ha dejado reflejo arqueológico.

Igualmente, Mugit al-Rumi ocupa las dependencias de una antigua residencia propiedad del rey visigodo, situada junto a la puerta del puente y muy probablemente extramuros, conocida a partir de este momento por las fuentes como balat Mugit, entorno al cual se desarrollará uno de los primeros arrabales islámicos a poniente de la medina.

Al margen de esta apropiación, el lento proceso de islamización de la topografía urbana se inicia fuera del perímetro amurallado con la fundación de un cementerio en la anterior alquería de Saqunda, entre los años 719-720, que se convertirá en una de las principales áreas funerarias de la ciudad durante la ocupación islámica.

Esta conversión de la depauperada ciudad en capital de un incipiente gobierno islámico andalusí resultará decisiva para el devenir histórico durante los primeros siglos de al-Andalus. Se erige de este modo en un polo de atracción de población al calor de la sede del poder, y de la instalación de las oportunas instituciones administrativas.

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El Emirato Independiente.

Este proceso de consolidación del dominio islámico se ralentizó ante las reiteradas insurrecciones de los propios contingentes beréberes y árabes arribados durante la conquista. Precisamente el punto de inflexión se produjo como consecuencia de una circunstancia ajena al propio devenir histórico de al-Andalus, como fue el derrocamiento del califa Omeya de Damasco, Mu’awiya II, y su sustitución por la nueva dinastía abbasí instalada en el territorio del actual Iraq.

La supervivencia del único heredero de la depuesta dinastía, ‘Abd al-Rahman ben Mu’awiya, el futuro Abd al-Rahman I, resultará un hecho crucial para el posterior desarrollo del Estado andalusí. Tras su periplo por el Mediterráneo y su desembarco en al-Andalus en 755 y, gracias al apoyo de las facciones árabes leales a su familia, consigue derrocar al gobernador pro-abbasí, Yusuf al-Fihrí, en el entorno de Córdoba, en la primavera de 756. Tras esta victoria se autoproclama emir de al-Andalus. Este hecho resultará trascendental en el devenir histórico de la ciudad al consolidarse definitivamente como la capital de un nuevo estado en el extremo occidente islámico: el emirato independiente omeya de al-Andalus. La decisión de mantener la capitalidad en Córdoba conlleva la adopción de un importante programa arquitectónico y urbanístico materializado, según las fuentes y constatado por la incipiente documentación arqueológica, en la reconstrucción de las murallas y el puente (766 d.C.), la erección del Alcázar (785 d.C.) y, sobre todo, con la fundación de una nueva mezquita aljama (786 d.C.) en el mismo lugar ocupado por la antigua sede episcopal visigoda de San Vicente. Las excavaciones llevadas a cabo por el ilustre arquitecto Félix Hernández en la década de 1930 y, posteriormente, por D. Samuel de los Santos Gener, pusieron a la luz algunas estructuras de este edificio de culto cristiano bajo los pavimentos del oratorio islámico.

La vinculación del principal edificio religioso y del centro político en un binomio Alcázar-Mezquita, tan característico en las primeras fundaciones islámicas, será uno de los aspectos más característicos de la imagen de la Qurtuba omeya, como representación de la propia figura del emir que concentra en sus manos el liderazgo espiritual y terrenal.

El programa de reempleo de material constructivo seguido en la construcción de las naves de la nueva mezquita mantiene la costumbre seguida en otros edificios islámicos de similar cronología en el norte de África, como la propia mezquita de Kairuán. La influencia y la herencia de la tradición arquitectónicas omeya de Damasco es evidente en la más antigua construcción oficial andalusí. La planta del edificio, el propio esquema de la sala hipóstila o la decoración conservada en la remodelada puerta de San Esteban, son buena muestra de ello.

Esta misma sensación se deduce de la denominación de la residencia del califa, la almunia al-Rusafa, construida al norte de la ciudad, en la falda de la sierra, como un trasunto de la residencia califal oriental, instalada junto a la antigua Sergiópolis bizantina, construida por el abuelo del emir andalusí, el califa Mu’awiya. Desafortunadamente no se han conservado vestigios de esta construcción, salvo algunos elementos de decoración arquitectónica descontextualizados que impiden precisar su aspecto, dimensiones, modelos arquitectónicos, etc.; aunque es lógico pensar que no debería estar muy alejado del esquema tipológico y funcional de los conocidos como “castillos omeyas” sirios. En cualquier caso, esta cuestión es uno de los temas recurrentes de la historiografía local, propia de la más rancia tradición de la arqueología filológica carente de base científica.

La progresiva islamización de la ciudad se deja notar en las aportaciones que los sucesores de “El Emigrado” dejan en la mezquita aljama, el espacio reservado a la oración del viernes. En este sentido, resulta una constante la contribución de cada emir para la culminación de tan insigne obra, símbolo del nuevo estado islámico. Así, su hijo y sucesor, Hisam I (788-796) dota a la mezquita de un alminar y un pabellón de abluciones o mida’a –excavados por Félix Hernández y recientemente revisados por Pedro Marfil–; Abd al-Rahman II amplía el oratorio; Muhammad I termina la decoración exterior; y Abd Allah incorpora un sabat o pasaje elevado de comunicación con el Alcázar.

Esta misma tendencia se aprecia igualmente en la promoción de obras pías, en particular con la construcción de nuevos edificios religiosos tanto en el interior de la Madina como en el espacio extramuros. Así contamos con ejemplos de mezquitas fechadas durante el emirato en el interior de la medina, como denota el alminar reaprovechado en la actual iglesia de San Juan. Al exterior, como foco de islamización, se construyen mezquitas como la del arrabal oriental de Sabular, cuyo alminar queda integrado en la actual iglesia de Santiago, o, a poniente, la mezquita documentada recientemente durante las obras del trazado de la circunvalación occidental, asociada a unos baños, igualmente emirales, y a una almunia, que acaso pudiera corresponder a la mezquita construida a iniciativa de la sayyida al-Sifa, concubina de Abd al-Rahman II, o las de Tarub, Fajr, construidas en la misma época, o la de Mut’a, durante el emirato de al-Hakam I, las cuales darían nombre a los arrabales surgidos a su amparo.

Por lo que respecta al desarrollo urbanístico de Qurtuba durante el emirato omeya, el protagonismo de la capital y su carácter de sede del nuevo Estado resultan decisivos para hacer de la medina un polo de atracción de población, hasta tal punto que en pocas décadas se superan los límites marcados por la muralla.

En este sentido, pronto se inicia la expansión extramuros, con el asentamiento de los primeros grupos de población en las áreas periurbanas, los conocidos arrabales, destinados básicamente a un uso residencial y doméstico. En este proceso de ocupación de los arrabales resulta una constante su surgimiento y consolidación entorno a los caminos históricos que vertebraban la trama viaria, a las almunias de personajes principales, o a edificios píos, como mezquitas, baños o cementerios, legados por miembros del círculo cercano al emir.

Así, desde las primeras décadas del emirato independiente se recogen noticias relativas al crecimiento urbanístico en el entorno del recinto amurallado. Los dos arrabales más antiguos mencionados por las fuentes son el rabad al-Saqunda, emplazado en la orilla izquierda del Guadalquivir, y el rabad al-Sabular, extendido al Sureste de la medina.

El primero de ellos, probablemente surgido entre los años 748 y 756, era bien conocido por las crónicas, en especial por la narración en el Muqtabis II del conocido como “motín del Arrabal”, acaecido en el año 818. En este cruento episodio los habitantes de Saqunda protagonizaron una rebelión contra el emir al-Hakam I, resuelto con el total arrasamiento de sus estructuras y la prohibición expresa de su reconstrucción; una orden que se respectó durante todo el periodo califal posterior. El conocimiento arqueológico de este primer urbanismo extramuros de época emiral ha sido posible gracias a las recientes intervenciones arqueológicas desarrolladas desde el año 2001, con motivo de la urbanización del actual Parque de Miraflores. Se ha excavado una superficie de arrabal de más de más de 8.000 m2, en los que se aprecia la distribución de las casas, realizadas con zócalo de mampostería de cantos rodados y alzado de tapial, dispuestas en torno a varias calles principales sin orientación ortodámica, a las que abren calles secundarias o adarves de acceso a las diferentes propiedades.

Mientras tanto, en el entorno periurbano se mantienen las áreas religiosas cristianas (mozárabes) vinculadas a las iglesias y los monasterios construidos en época visigoda, entorno a las cuales se aglutinan los contingentes dimmíes. La investigación arqueología ha dejado constancia de, al menos, dos de estos enclaves: en primer lugar, la reocupación con fines funerarios del edificio imperial de Cercadilla, en el sector noroeste de la ciudad y, en segundo, el núcleo mozárabe situado en el solar de la actual iglesia de San Pedro, posible ubicación de la iglesia martirial de los Tres Santos, Fausto, Genaro y Marcial. Este espacio funerario estaría próximo al arrabal oriental de Sabular, del que formaría parte igualmente la ya mencionada mezquita del emir Hisam, bajo la iglesia de Santiago, en el barrio de la Axerquía.

Al oeste, la localización del Alcázar en el ángulo suroccidental de la medina debió funcionar como un foco de atracción de la elite islámica en busca del prestigio que ofrecía la proximidad a la corte; habitando residencias palatinas y almunias de alto rango que debieron proliferar en esta zona y en el sector norte, dibujando un paisaje característico del entorno inmediato a la medina. De hecho, las fuentes ubican en este sector el Zoco mayor de la ciudad, y es hacia poniente donde se alcanza una mayor expansión urbana, iniciada ya durante el emirato. Así lo ponen de manifiesto los restos de estructuras domésticas documentados en el solar del actual Zoológico Municipal, donde se han registrado varias fases de época emiral asociados a una gran propiedad o almunia.

Pero la mayor transformación urbanística acometida en la ciudad debió estar asociada a la consolidación del Estado islámico centralizado de la mano de Abd al-Rahman II (822-852). Este emir emprendió un ambicioso programa arquitectónico, centrado en el entorno del espacio palatino, con la construcción de un acueducto que abasteciese a la ciudad; la construcción de un malecón –recientemente documentado arqueológicamente bajo un tramo de la Muralla de la Huerta del Alcázar–, que protegiese al alcázar de las violentas crecidas del río y sobre el que se apoyaba del camino situado al pie de las murallas (al-Rasif), pavimentado en este momento; y, por último, las reformas en la propia residencia emiral, símbolo del nuevo orden establecido, entorno al cual se disponen las instituciones y dependencias administrativas, monopolizadas por el Estado, como la Ceca y la Casa de Correos.

Por último, el paisaje urbano de la Qurtuba emiral se completa con los cementerios (almacabras), situados extramuros y distribuidos en los espacios adyacentes a las principales puertas de la ciudad y a la sombra de una de las mezquitas o almunias construidas por los círculos próximos al emir. Se conoce la denominación y la localización de la mayoría de ellos en relación con la medina. Entre otros se han identificado y excavado parcialmente enterramientos en los cementerios de Umm Salama, el de Bab al-Yahud, al norte de la medina; el cementerio del arrabal (maqbara al-Rabad), el más antiguo y principal de la ciudad, en la zona del Campo de la Verdad; el cementerio de Amir al-Qurasi, frente a la puerta occidental de la muralla, conocida como Puerta de Gallegos, en el actual Paseo de la Victoria; o el cementerio oriental de Ibn Abbas o Maqbara al-Bury.

El proceso de expansión urbanística al exterior de las murallas, tan intenso durante la consolidación del emirato bajo Abd al-Rahman II y Muhammad I, se verá ralentizado probablemente como consecuencia del clima de inestabilidad reinante en muchas zonas de al-Andalus, promovido por las reiteradas sublevaciones internas por parte de la población de origen hispanorromano, conocido como la “primera fitna”. De todos estos episodios, el más renombrado es el encabezado por el muladí Umar ibn Hafsun, quien desde las tierras bajo su control en la serranía de Málaga inicia la conquista de numerosas plazas en la campiña y el valle del Guadalquivir. Si bien el peligro apenas alcanzó las puertas de la capital, esta situación –repetida también en el centro del país, en torno a ciudades como Toledo– muestra la dificultad de cohesión interna y el estado de aparente debilidad bajo el gobierno de Abd Allah. Aun así, este emir construye una gran almunia, al-Naura, al oeste de la ciudad, que será utilizada por las comitivas que durante el siglo X se desplacen a Madinat al-Zahra.

No será hasta el advenimiento al trono de su nieto, Abd al-Rahman III en el 912, cuando se inicie una campaña sistemática para aplastar todas estas rebeliones internas. La fortaleza y el prestigio alcanzados por el nuevo emir, junto a la situación política en el resto del occidente mediterráneo conducirá al nuevo gobernante a autoplocamarse califa, el sucesor de Mahoma, en el año 929, con las consecuentes implicaciones religiosas que esta decisión conlleva.

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La Córdoba Califal.

La proclamación de Abd al-Rahman III al-Nasir como califa, Amir al-Muminin, Príncipe de los Creyentes, significa el ascenso de Córdoba al rango de capital califal, al mismo nivel que Bagdad o las ciudades de Ifriqiya. Esto supone un considerable crecimiento demográfico en el entorno de la metrópolis que implica la necesidad de abordar nuevos proyectos urbanísticos, en esta ocasión promovidos desde el Estado.

Al igual que venía siendo tradición en el Oriente islámico, una de las prerrogativas del nuevo califa era la fundación de una nueva ciudad, imagen del nuevo Estado. En este caso, Al-Nasir escogió para el emplazamiento de su ciudad palatina un enclave al pie de Sierra Morena, a unos cinco kilómetros al oeste de la antigua medina. Como bien ha sido interpretada, Madinat al-Zahra está concebida como “la plasmación arquitectónica del triunfo del nuevo Estado califal”.

El crecimiento hacia poniente de los arrabales a la sombra de la ciudad palatina y administrativa modificará considerablemente la fisonomía urbana. La medina amurallada queda reducida a un eslabón más dentro de una gran conurbación, al estilo de las megalópolis orientales como Bagdad o Samarra, aunque a una menor escala. No obstante, el centro político y religioso, con la mezquita aljama y el alcázar como puntos de referencia, sigue manteniendo un importante papel simbólico y jurídico importante.

No en vano, pese a concentrar sus esfuerzos en la nueva fundación, los califas omeyas continúan dedicando una especial atención al enriquecimiento y ampliación de la aljama. Así, Abd al-Rahman III amplía el patio, construye un monumental alminar y refuerza la fachada del oratorio; al-Hakam II amplía el oratorio, lo decora profusamente y levanta un nuevo sabat para conectarlo al alcázar; por último, Ibn Abi Amir al-Mansur, hayib de Hixam II, termina la ampliación oriental del conjunto, dotándolo de tres lavatorios dispuestos al exterior, uno de los cuales, el de su costado oriental, se ha excavado en fechas recientes, conservado e integrado actualmente bajo los salones del Hotel Conquistador.

Otras mezquitas menores, o de barrio, se construyen ahora en el interior de la medina –como la conservada bajo la iglesia de Santa Clara– y en los arrabales –la mezquita de Fontanar a poniente, la excavada en los sótanos de la estación de autobuses, al norte, o la documentada epigráficamente en el solar de la iglesia de San Lorenzo, en el barrio oriental de la Axerquía.

Igualmente se mantienen las infraestructuras viarias como demuestran las sucesivas reformas del alcázar, las reparaciones del puente –en especial, la dirigida por el propio al-Hakam II en 971–, o la construcción de un nuevo puente por Almanzor (989), asociado probablemente a la fundación de Madinat al-Zahira.

Pero la transformación más espectacular se produce en el exterior de las murallas. Si bien hasta época emiral contábamos con una extensión considerable de arrabales generados de manera más o menos espontánea entorno a edificios singulares o caminos principales, a partir de la fundación de Madinat al-Zahra, Córdoba es la protagonista de un programa urbanístico promovido directamente por el Estado.

Muestra de ello es el trazado reticular de las calles, con viales principales que se cruzan perpendicularmente, con una organización jerarquizada, provistos de una infraestructura de evacuación de aguas residuales, grandes espacios abiertos y pavimentados que cabría interpretar como zocos o mercados de arrabal, casas de variada planta, mezquitas y cementerios. Como hemos apuntado, este crecimiento es inicialmente más evidente hacia poniente, al calor de la nueva sede administrativa, tendiendo a unir físicamente las dos ciudades, aunque este último extremo aún no ha sido constatado arqueológicamente.

No obstante, la erección en el extremo opuesto de la medina de una nueva construcción estatal, aún ignota, Madinat al-Zahira, de la mano de Almanzor, supuso un giro en la orientación de la expansión urbana, en este caso dirigida hacia el sector oriental, al-yiha al-Sharqiyya. Así lo pone de manifiesto ibn Hazm cuando menciona sus nuevas casas en el arrabal de al-Zahira cuya unión se hacía efectiva con el nuevo edificio palatino amirí.

El esplendor de estas instalaciones va parejo a su efímera duración. La ruptura de los artificiosos fundamentos simbólicos y propagandísticos sobre los que estaba sustentado el estado califal se produjo a principios del siglo XI, durante la fitna o revolución acaecida entre 1010 y 1013.

Precisamente el carácter simbólico de estas construcciones es causa de la especial saña con la que son arrasadas sus estructuras. Los contingentes militares que atacan la ciudad, en especial las tropas beréberes que asedian Córdoba en 1010, saquean los arrabales occidentales, provocando un repliegue de los habitantes al interior de las antiguas murallas. Tan sólo los arrabales orientales parecen haberse mantenido ocupados, aunque muy menguada su población, gracias a la fortificación de su perímetro con una elemental muralla.

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El siglo XI. El Reino Taifa de los Banu Yawhar.

La inconsistencia del poder califal durante los años de la fitna y la imposibilidad de sustentar la figura estable de un gobernante que heredase la legitimidad omeya, condujeron a diseñar un gobierno de notables que mantuviese la estabilidad y administrase la ciudad y su territorio, a diferencia de lo que sucede en otras taifas andalusíes. Es la conocida como “república de los Banu Yahwar” (1031-1069).

El territorio controlado por esta taifa se vio muy menguado por las aspiraciones expansionistas de otros reinos vecinos. De hecho, en pocas décadas la propia capital se verá absorbida inicialmente por la taifa abbadí sevillana de al-Mu’tamid (1070), con un breve paréntesis bajo el dominio de la taifa toledana de los Banu Di-l-Nun (1075-1078), para revertir posteriormente y de manera definitiva bajo el control abbadí (1078-1091).

Resulta lógico pensar que la mayor concentración de esfuerzos urbanísticos tiene como destino la reparación y acondicionamiento de las murallas, dado el clima de inestabilidad militar del momento. Con todo, la arqueología apenas ha recuperado hasta el momento evidencias claramente atribuibles a este periodo. Tan sólo se ha constatado recientemente, en los jardines del Campo Madre de Dios, al sureste de la medina, el cerramiento de la línea de fachada de las casas de aquel arrabal, con lo que parece funcionar como una rudimentaria muralla, desde las primeras décadas del siglo XI.

Con ello, el contorno de la ciudad medieval de Córdoba queda definido en este momento, circunscrito a la antigua Madina y a una parte de los arrabales amurallados de al-Yiha al-Sarqiyya (Axerquía). Esta fisonomía será la que mantendrá, a grandes rasgos, durante los siglos bajomedievales y modernos.

No se detectan otros cambios significativos en el tejido urbano, al menos promovidos por el poder público, y, en ningún caso, constatado arqueológicamente. De hecho, el antiguo Alcázar pierde en parte su condición de antigua sede del poder político, como ponen de manifiesto las actuaciones de expolio sufridas por el edificio durante esta etapa.

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La Córdoba Tardoislámica.

- Almorávide (1091-1149)

Uno de los acontecimientos claves en la historia medieval peninsular fue la conquista de Toledo, antigua capital visigoda, a manos del monarca castellano Alfonso VI, en 1085. Esta circunstancia desencadenó una cascada de consecuencias trascendentales en el devenir político y militar de al-Andalus. La más inmediata fue el advenimiento de los ejércitos almorávides y la posterior conquista de los territorios andalusíes por parte de este imperio norteafricano de fundamentación religiosa. Desde ese momento Al-Andalus se militariza ante la amenaza de la reconquista cristiana y por las estacionales campañas de saqueo en territorio islámico. Esta situación se mantendrá hasta la definitiva conquista castellana de los territorios del Valle del Guadalquivir, durante los siglos XIII y XIV.

En Córdoba, este proceso de conquista se tradujo en la ocupación militar de la ciudad en 1091. La imposición de tropas foráneas nunca fue bien acogida por los habitantes de la ciudad, quienes sufrieron en algún caso los excesos de las huestes norteafricanas. Un episodio que ilustra bien esta conflictiva coexistencia tuvo lugar en 1121, cuando la población se sublevó contra el ejército del emir almorávide Ali ibn Yusuf. En adelante, se hará necesario el aislamiento de las tropas en reductos amurallados, tanto para mantener la necesaria disciplina como para evitar altercados como éste.

Durante este período, de apenas sesenta años, la capital no experimentó grandes cambios. La imagen de la ciudad ha quedado fijada ya en los siglos anteriores, con la dotación de las infraestructuras y edificios básicos. Las nuevas instalaciones consistirán en la construcción o reforma de algunos baños o en la readaptación de las antiguas estructuras domésticas. No obstante, resulta muy complicado adscribir con seguridad a esta fase nuevas construcciones. Precisamente la indefinición material de esta etapa es una de las asignaturas pendientes en la arqueología andalusí, en general, y de la cordobesa, en particular.

Una de las intervenciones urbanísticas más notables, que han encontrado su refrendo arqueológico, es la construcción, o mejor reconstrucción, de la muralla de la Axerquía. Las fuentes mencionan la imposición de un tributo o ta’tib por parte del emir Ali ibn Yusuf para la reconstrucción de las murallas de las principales ciudades de al-Andalus, entre las que se menciona a Córdoba, ante la amenaza que suponía la incursión por territorio islámico de las tropas del monarca aragonés Alfonso el Batallador. Una intervención arqueológica en el lienzo de la Ronda del Marrubial ha permitido descubrir la cimentación de esta estructura, fechada por los excavadores durante la primera mitad del siglo XII, y cuya orientación es ligeramente divergente con respecto al trazado del posterior recinto cristiano del siglo XIV.

Los últimos años de la ocupación almorávide se vieron alterados por las conocidas como “segundas taifas”, durante las cuales la población cordobesa se movió entre varios bandos opuestos hasta llegar a caer temporalmente en manos del rey castellano Alfonso VII en 1146, quien la mantiene bajo vasallaje hasta la definitiva conquista y control almohade en 1148.

- Los almohades (1148-1229)

La situación de inestabilidad heredada durante los primeros años de dominio almohade y la necesidad de consolidar el control militar de al-Andalus, provocó que en un primer momento Córdoba mantuviese un papel secundario, simple escala en las diferentes campañas militares contra las taifas rebeldes bajo vasallaje de los reinos cristianos, como fue especialmente la del ”Rey Lobo” murciano, ibn Mardanis.

No obstante, Córdoba nunca perdió su prestigio como antigua capital califal. De hecho, en 1162 el califa ‘Abd al-Mu’min convierte de nuevo a Qurtuba, por unos meses, en capital de al-Andalus. La eventualidad de esta elección y su rápida sustitución en favor de Ishbiliya impide adscribir a este momento algunas de las construcciones acometidas por los almohades.

Su emplazamiento en el centro valle del Guadalquivir, nudo de una densa red de comunicaciones con la Meseta y con el este de la península, hace de Córdoba una plaza estratégica en la defensa del sur de al-Andalus y cabeza de lanza de las campañas de saqueo y conquista que se inician hacia el interior del territorio cristiano. Por tanto, este enclave adquiere un significativo papel militar; zona de acuartelamiento y concentración de tropas y pieza clave en el control defensivo en el entorno de Sevilla, la nueva capital almohade en al-Andalus.

Prueba de ello es la edificación ex novo de varias fortalezas en puntos clave de la ciudad, en las inmediaciones del alcázar andalusí. El primero de estos recintos se emplaza en la cabecera del puente, en el entorno de la Calahorra, cuya reciente excavación ha permitido fecharlo con seguridad en este momento. El segundo de los nuevos espacios amurallados, conocido por las fuentes cristianas como Castillo Viejo de la Judería, ha presentado algunas dudas sobre su datación almohade. No obstante, las evidentes analogías con el recinto anterior, permite datarlo en el mismo contexto. Se dota, por tanto, a las inmediaciones del puente y del alcázar de un sistema de fortificaciones que permiten albergar acuartelamientos numerosos, necesarios para las constantes campañas militares, al margen de la población civil.

El propio Alcázar conoce notables reformas interiores, como las que se pueden detectar a partir de las decoraciones de yeserías y ataurique recuperadas durante las excavaciones antiguas en los Baños del Campo Santo de los Mártires o las que actualmente se están constatando arqueológicamente en la intervención en el llamado Patio de Mujeres del Alcázar Cristiano.

Probablemente, de la mano del peso estratégico que va adquiriendo la ciudad se inicia una recuperación de la actividad económica y un aumento de la población que se traduce una ocupación efectiva de ciertos espacios urbanos, incluso superando los límites del recinto amurallado. Este es el caso, por ejemplo, del barrio residencial localizado en la Axerquía, del que se han documentado varias casas decoradas con pinturas parietales, durante las excavaciones de la Huerta del Palacio de Orive. El paisaje urbano se completaría con algunas residencias de lujo, como el Qasr Abi Yahyà, construido por el hijo del califa Abu Ya´qub Yusuf. Las fuentes comentan que estaba erigido sobre el río Guadalquivir y sostenido por una estructura de arcos, aunque no existen datos arqueológicos que proporcionen información sobre su exacta ubicación.

Se preocupan igualmente varias zonas periurbanas, dedicadas a albergar residencias en la zona occidental, similares a las mencionadas, o reservadas a fines industriales, especialmente en el sector septentrional, como el área alfarera detectada entorno a la Avda. de Ollerías o la instalación agrícola vinculada con la producción de aceite documentada en el conjunto de Cercadilla.

El resto de la ciudad mantendría aún en uso los edificios religiosos y civiles levantados desde época omeya, así como los espacios funerarios heredados desde generaciones anteriores.

Las descripciones que nos han transmitido las fuentes cristianas en el momento de la conquista, acaecida en 1236, retratan una ciudad en un estado de decadencia, consecuencia de las circunstancias por las que pasó la ciudad en los últimos momentos de dominio islámico, una vez pasado el momento de auge almohade, rota ya la unidad política y tras la desintegración del territorio andalusí en nuevas taifas.

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